jueves, 14 de enero de 2010

CHILE (I): COMIENZA LA AVENTURA

Tras mucho tiempo esperando que llegara esta magnífica aventura, por fin llegó la fecha de darle inicio: la Navidad estaba a la vuelta de la esquina, y me esperaba una Navidad no consumista, llena de ilusiones, alegría, retos y logros pero, más que nada, de amigos: sin ellos ninguno de estos días en Chile hubiera sido igual. Juntos compartimos grandes momentos formando vínculos que seguro ni el tiempo ni las distancias serán capaces de destruir.
Ya en el aeropuerto tuve un agradable encuentro con Álvaro y Marta, a los que ya conocía, junto al resto de periodistas que nos acompañarían. Y, cómo no, la aventura comenzaba con una odisea: el mal tiempo en toda Europa imposibilitaba la llegada de nuestro avión a Barajas, por lo que nuestro viaje se retrasaría hasta el día siguiente. Sin embargo, siempre preparados para hacer frente a cualquier contratiempo, los periodistas del segundo turno nos lo tomamos con calma, hasta llegar al tan anhelado avión, al mediodía de la siguiente jornada. Ahí nos esperaban 13 horas de vuelo que, para ser sinceros, se sucedieron rápidamente entre película y cabezadita. Ya estábamos en Chile: la gélida temperatura que dejamos en España ya solo era un recuerdo... o eso pensábamos nada más llegar, porque más adelante se contará cómo volvimos a pasar frío.
Nos costó llegar, pero al final alcanzamos nuestro objetivo avanzada la tarde de ese día tan largo (26 horas, ya que ganamos cuatro con el cambio horario): en un pabellón estaban todos, ilusionados por estar viviendo una de las experiencias más trascendentales de su vida. El reencuentro con muchos era ilusionante: los tiempos que nos separaban eran varios (desde la presentación del libro hasta el final de la ruta 2006, pasando por la ruta 2009 en España): Luna, David Rosa, Jorge, Bego, Almudena, Rosa, Nuria, Camilo, Patricio, Alonso... fue increíble compartir estos días con vosotros.
Esta etapa solo acababa de empezar. La ruta en estado puro volvía a mi vida.

domingo, 22 de noviembre de 2009

LOS SILOS DE BURJASSOT

Hace un tiempo, leyendo uno de los magníficos 46 ejemplares de los Episodios Nacionales, escrito por Benito Pérez Galdós, descubrí una alusión a la localidad que, se podría decir, ya es mi segunda casa: Burjassot. El libro era "La Campaña del Maestrazgo", y en este fragmento se relataba cómo las tropas del General Cabrera, carlistas, se preparaban para iniciar el asalto a Valencia.
Así, estas letras despertaron en mí la curiosidad por descubrir algo que había oído hablar de lejos, citar en alguna ocasión, pero que el tiempo quita de tu memoria: los silos de Burjassot y la adyacente ermita de San Roque.
Me imagino que os preguntaréis, queridos lectores, qué es un silo. Pues bien, estos lugares son construccciones que se hacían antiguamente para almacenar el grano. La particularidad de los de Burjassot es que son subterráneos. Los silos (en valenciano, sitges), fueron construidos en 1573, y desde entonces han acompañado a Burjassot en su historia, como refleja Benito Pérez Galdós en el fragmento anteriormente nombrado:
"Por de pronto, allá iban todos, prisioneros y vencedores, hacia Valencia, y ya que para embestir a esta grande y fuerte ciudad no tenía Cabrera poder bastante, se plantó en Burjasot, lugar cercano, para verla al menos y que ella le viese. Aunque de escaso relieve, la eminencia en que está fundado aquel pueblo es como atalaya que domina la huerta feracísima, y a lo lejos el apretado caserío de la ciudad, guarnecida del verdor perenne de los naranjos, y destacando sus torres y chapiteles sobre una espléndida faja de mar azul [...].
Habían dispuesto celebrar la comilona en aquella parte culminante del pueblo, formada de terreno calizo, bajo el cual se extienden los famosos silos o graneros subterráneos para depósito de cosechas. La iglesia de San Roque, objeto de gran devoción, situada también en la eminencia y no lejos del pueblo, encara su frontis hacia Valencia y el mar, como recreándose en tan bello panorama."
Pues bien, esta tarde de domingo he decidido saciar mi curiosidad y visitar los silos, llevándome una gran sorpresa al descubrir rincones de un gran valor a no más de doscientos metros de mi segunda casa. Por cierto, el lector atento habrá destacado la palabra atalaya en la cita anterior... mi intuición me dice que no vivo demasiado lejos de ella... pero esa historia será contada otro día.

sábado, 17 de octubre de 2009

GEOCACHING

Conocí esta curiosa afición en allá por julio de 2007. El Ayuntamiento de Cuenca nos invitaba a realizar una sesión de prácticas basada en esta disciplina, y realmente me fascinó. Por supuesto, inmediatamente después de concluir ese magnífico viaje, accedí a su web y me registré en www. geocaching.com .
Esta nueva forma de buscar aventuras y conocer nuevos lugares y personas consiste en dejar un tesoro junto a un cuaderno escondidos en algún punto seguro (a salvo de posibles desapariciones, aunque a veces pueden ocurrir), subir las coordenadas geográficas del lugar, con alguna pista para los más descuidados, y esperar que los aficionados a esta práctica lleguen para recoger dicho regalo (el cache), firmar en el cuaderno de visitas, y dejar algo de más valor para el próximo geocacher. Así, se convierte en una experiencia que aúna aventura, conocimiento, intercambio cultural y, en algunos casos, ingenio dada la posible dificultad de encontrar el cache.
Pasó y pasó el tiempo, hasta que hace poco, con el dinero ganado gracias a un arduo trabajo en el que tuve que emplear grandes dosis de paciencia (una larga historia...), pude conseguir el tan anhelado GPS (de senderista/ciclista, no de carretera) y lanzarme a este nuevo mundo. Mi primer objetivo: el cache que se encuentra en el albaceteño parque de La Pulgosa. Costó un poquito (cosas del principiante), pero fue emocionante descubrir el tesoro: habían firmado en el libro de visitas decenas de personas (incluyendo algunos ingleses). Además, el recipiente contenía un texto para aquellos que lo encontraran por casualidad, siempre con el objetivo de enganchar a nuevos geocachers. Me ilusionó mucho y, de repente: ¡vaya, si se me ha olvidado traer algo para dejar! Decidí no tomar el regalo que había dejado el anterior cazatesoros, ya que sería muy ingrato hacerlo sin dejar nada.
Y, cómo no, continuando con la aventura, hace una semana establecí un nuevo cache en mi querido pueblo, Golosalvo. Allí, junto a un refugio rodeado de almendros, esos almendros que tantas veces me han acompañado en el recuerdo de mi tierra, dejé un nuevo cache para que gentes de todo el mundo puedan descubrirlo. Así que, queridos lectores, ahí van las coordenadas para que os podáis iniciar en esta divertida actividad, con un error de 4 metros (ya sabréis lo que nos gusta a los pseudo físicos especificar errores), junto a una foto del premio:
N39º14.011'
W001º38.464'
Pista para los más despistados (solo para despistados, se puede ver seleccionando el párrafo siguiente):
Busca entre las piedras del tejado.