Si nos remontamos un año atrás, dejábamos la capital portuguesa a través de ese gran Tajo, río ibérico por excelencia, navegando en el Galicia (precisamente para dirigirnos a la tierra que le da nombre). Esta vez estábamos haciendo el trayecto a la inversa, desde las tierras gallegas hasta la tan bonita ciudad, en el barco Castilla. De nuevo, algo de lo que creo nunca me cansaría, me volví a fascinar con la anchura del estuario de tan bello río, disfrutando con unas maravillosas vistas sobre algunos de los lugares más destacados del municipio. Así nos acercamos al puerto.
Era mi último día en esta increíble Ruta Quetzal BBVA 2011, y quería que fuera especial. Decidido a vivirlo al máximo, como cada uno de los anteriores, no podía partir sin guardar un preciado momento junto a las personas con las que había vivido tanto. Eso sí, antes de nada, había que solucionar un pequeño problema: el tren que me llevaría hacia Madrid, por la noche, salía desde la estación de Santa Apolonia y... ¿dónde se encontraría? Para sorpresa mía (¡suerte infinita!), pasamos precisamente en autobús por su puerta, nada más desembarcar, a escasos metros del barco, hecho que me permitiría pasar el día entero junto a mi querida expedición y tomar mi camino al acabar la jornada.
Sobre el recorrido, destacar la Praça do Comercio, lugar importantísimo en el que estuvo el Palacio Real, con su característico color amarillo presente en sus edificios. También una exposición con cuadros sobre el fado (nada mejor para acercarse a las tradiciones portuguesas) y, finalmente, la playa de San Juan, preciosa, increíble, con ese océano Atlántico a nuestros pies que ha sido el culpable (bendita culpa) de que España y Portugal estén tan unidas con América.
Por supuesto, no podía faltar el deleite máximo de la capital lisboeta, el monasterio de los Jerónimos, con su característico arte manuelino, sin olvidarnos de ddegustar los famosos pasteis de Belem; como curiosidad, citar que se deben tomar calientes.
Para concluir, una visita al monumento a los Conquistadores y a la torre de Belem.
Del resto, citar que fue una despedida mágica en la que sentí, de nuevo, que no nos separábamos porque, para siempre, tendríamos este lazo común creado durante tan buenos días.
PD: como fotografías, os dejo las que tomé en este día junto a algunas de las personas que más importantes fueron para mí en esta ruta (no están todos).
Aventuras y anécdotas de un (proto)físico albaceteño inquieto que quiere vivir esta ciencia y a la vez conocer gentes, culturas, costumbres...
domingo, 9 de octubre de 2011
martes, 4 de octubre de 2011
Mi Reventón
Estaba siendo un año de grandes cimas, y no podía faltar ésta, una de mis favoritas, a la que siempre merece la pena llegar, puesto que ofrece una enorme cantidad de magia a todos los que saben descubrirla.
La primera sorpresa fue encontrarnos en La Granja, lugar de partida, a dos titiriteros, Julio Míchel y Salvador Lucio, subidos en un carro, tirado por unas mulas, tocando melodías para animar a todo el grupo. Seguidamente, hicimos un breve alto en el camino en Valsaín, junto a la casa de Manuel Iradier, para c
onocer su historia. Este explorador dedicó buena parte de su vida a recorrer muchos paisajes hoy en día pertenecientes a Guinea Ecuatorial, en particular el río Muni (río del peligro).
Y, tras este receso para la historia, comenzó el desafío físico, primero por un muy agradable bosque acompañados por un riachuelo para dar lugar más adelante a una serie de arbustos en el paisaje. Y ahí llegó la primera variante frente a mis dos anteriores subidas a esta cima: lo que venía siendo un día muy agradable se convirtió en una tormenta; sin embargo, en ruta, no nos detenemos por la lluvia, por lo que nos pu
simos las capas y continuamos con nuestra aventura, disfrutando de la magnífica puesta de sol, una de esas contribuciones a la magia de este recorrido.
El camino, tras los grandes desafios emprendidos anteriormente, se me hizo fácil y rápido. Las estadísticas, medidas con GPS, como a mí me gusta, reflejaron unos nueve kilómetros y medio de ascensión con ochocientos metros de desnivel.
Y al llegar arriba, contento, alegre y sorprendido de mí mismo por no haber sufrido absolutamente nada (recordand
o ediciones anteriores), las nubes dejaron hueco para disfrutar de las estrellas. Hizo algo de fresco (apenas 4 grados Celsius en el termómetro al amanecer), pero la experiencia, de nuevo, fue inolvidable. Del descenso, contaros que un loco albaceteño apareció con pantalones y camiseta cortos (sí, con cuatro grados), y que disfrutamos de un precioso amanecer, así como de unas vistas privilegiadas sobre la comarca, en busca de nuestro destino final, Rascafría.
Queridos
lectores, sé que tengo pendiente una ascensión a este lugar con más de uno de vosotros. ¡Ojalá podamos hacerla pronto! Me encantará acompañaros.
La primera sorpresa fue encontrarnos en La Granja, lugar de partida, a dos titiriteros, Julio Míchel y Salvador Lucio, subidos en un carro, tirado por unas mulas, tocando melodías para animar a todo el grupo. Seguidamente, hicimos un breve alto en el camino en Valsaín, junto a la casa de Manuel Iradier, para c
Y, tras este receso para la historia, comenzó el desafío físico, primero por un muy agradable bosque acompañados por un riachuelo para dar lugar más adelante a una serie de arbustos en el paisaje. Y ahí llegó la primera variante frente a mis dos anteriores subidas a esta cima: lo que venía siendo un día muy agradable se convirtió en una tormenta; sin embargo, en ruta, no nos detenemos por la lluvia, por lo que nos pu
El camino, tras los grandes desafios emprendidos anteriormente, se me hizo fácil y rápido. Las estadísticas, medidas con GPS, como a mí me gusta, reflejaron unos nueve kilómetros y medio de ascensión con ochocientos metros de desnivel.
Y al llegar arriba, contento, alegre y sorprendido de mí mismo por no haber sufrido absolutamente nada (recordand
Queridos
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Perú(III). Viajes de transición
Tras aquellas magníficas caminatas relatadas anteriormente, con las fuerzas más bien escasas, los integrantes de Ruta Quetzal BBVA tuvimos un par de días de "descanso" para recorrer otros dos lugares preciosos de Perú: Chachapoyas y Zaña. Además, durante nuestra estancia en Chachapoyas pudimos visitar la localidad de Huancas, un pequeño pueblo que conserva gran parte de las tradiciones de la cultura chachapoyas, destacando entre ellas la cerámica. Como comprobamos, trabajar la cerámica requiere tiempo, con un amplio proceso de elaboración.
Zaña tendrá siempre un rincón en nuestro corazón. Para llegar allí recorrimos una inmensidad de kilómetros por carretera, no sin sorpresas en el camino debido a las muchas obras en la vía y los consiguientes caminos como alternativa y también algo de calor en los autobuses (más bien nada, que en peores lides nos hemos visto). Sin embargo, a pesar de los obstáculos, este trayecto fue feliz para mí: a la gran cantidad de paisajes vistos, desde la ceja amazónica hasta zonas semidesérticas y a las muchas canciones compartidas sobre ruedas, hay que sumarle la culminación de una de mis ilusiones para la presente expedición, que era poder contemplar un "monete", hecho que se hizo realidad al verlo en una casa de las que se encontraban en las cercanías de la carretera. Al sumar la gran cantidad de contratiempos encontrados en el viaje obtendremos la causa de la demora en nuestra llegada a Zaña. Sin embargo, la hospitalidad de sus habitantes llegó a tal extremo que, en ese feliz momento del encuentro, todavía mantenían intactas sus ilusiones por ofrecernos lo mejor; no me olvido de las palabras de Jesús Luna, nuestro querido jefe de campamento: "vamos rápido a la plaza, porque llevan horas esperándonos". Había que apresurarse para, por fin, tener ese feliz encuentro, y es que nos habían preparado una muy calurosa acogida, incluyendo en ella unas palabras por parte de las autoridades locales y Jesús Luna, bailes típicos del lugar, una breve reseña sobre el Museo Afroperuano de Zaña y, finalmente, la lectura de una serie de décimas, pues los zañeros están entre los mejores decimistas de América, señalando la facilidad que tienen para incluir el "culantro" en sus versos, arrancando más de una sonrisa al público. Este acto acabó tarde, mas realmente mereció la pena y fue precioso estar presente en él. Al llegar al campamento, el cansancio era una constante en mi organismo pero, después de varios días, me reencontraba con mi diario (en las caminatas, para aligerar peso, llevé una pequeña libreta para tomar notas), y no me perdonaría dejar de escribir todos los sentimientos experimentados en las preciosas marchas que habíamos vivido días atrás. Así, a altas horas de la madrugada, ya metido en el saco, abría ese rincón para los recuerdos con la intención de, de nuevo, darle esa vida que sólo la escritura es capaz de otorgarle.
Al día siguiente, concimos esta localidad y, en particular, el museo citado anteriormente, con una gran riqueza cultural. Para concluir una visita tan especial, que nos hermanó con este hospitalario municipio, me integré en los talleres de percusión, pudiendo experimentar la sensación de tocar instrumentos como la quijada de burro y unas calabazas huecas de tamaño considerable, entre otros.
La despedida fue breve pero intensa: nada será igual después de estos días compartidos, ni para ellos ni para nosotros, porque siempre quedará en nuestros corazones el recuerdo de tan preciados momentos. Al frente nos esperaba un viaje nocturno, bajo la Cruz del Sur y miles de estrellas que nos alumbraban en el camino, durante más de catorce horas, rumbo a Lima, última parada en nuestro mágico recorrido peruano.
Zaña tendrá siempre un rincón en nuestro corazón. Para llegar allí recorrimos una inmensidad de kilómetros por carretera, no sin sorpresas en el camino debido a las muchas obras en la vía y los consiguientes caminos como alternativa y también algo de calor en los autobuses (más bien nada, que en peores lides nos hemos visto). Sin embargo, a pesar de los obstáculos, este trayecto fue feliz para mí: a la gran cantidad de paisajes vistos, desde la ceja amazónica hasta zonas semidesérticas y a las muchas canciones compartidas sobre ruedas, hay que sumarle la culminación de una de mis ilusiones para la presente expedición, que era poder contemplar un "monete", hecho que se hizo realidad al verlo en una casa de las que se encontraban en las cercanías de la carretera. Al sumar la gran cantidad de contratiempos encontrados en el viaje obtendremos la causa de la demora en nuestra llegada a Zaña. Sin embargo, la hospitalidad de sus habitantes llegó a tal extremo que, en ese feliz momento del encuentro, todavía mantenían intactas sus ilusiones por ofrecernos lo mejor; no me olvido de las palabras de Jesús Luna, nuestro querido jefe de campamento: "vamos rápido a la plaza, porque llevan horas esperándonos". Había que apresurarse para, por fin, tener ese feliz encuentro, y es que nos habían preparado una muy calurosa acogida, incluyendo en ella unas palabras por parte de las autoridades locales y Jesús Luna, bailes típicos del lugar, una breve reseña sobre el Museo Afroperuano de Zaña y, finalmente, la lectura de una serie de décimas, pues los zañeros están entre los mejores decimistas de América, señalando la facilidad que tienen para incluir el "culantro" en sus versos, arrancando más de una sonrisa al público. Este acto acabó tarde, mas realmente mereció la pena y fue precioso estar presente en él. Al llegar al campamento, el cansancio era una constante en mi organismo pero, después de varios días, me reencontraba con mi diario (en las caminatas, para aligerar peso, llevé una pequeña libreta para tomar notas), y no me perdonaría dejar de escribir todos los sentimientos experimentados en las preciosas marchas que habíamos vivido días atrás. Así, a altas horas de la madrugada, ya metido en el saco, abría ese rincón para los recuerdos con la intención de, de nuevo, darle esa vida que sólo la escritura es capaz de otorgarle.
Al día siguiente, concimos esta localidad y, en particular, el museo citado anteriormente, con una gran riqueza cultural. Para concluir una visita tan especial, que nos hermanó con este hospitalario municipio, me integré en los talleres de percusión, pudiendo experimentar la sensación de tocar instrumentos como la quijada de burro y unas calabazas huecas de tamaño considerable, entre otros.
La despedida fue breve pero intensa: nada será igual después de estos días compartidos, ni para ellos ni para nosotros, porque siempre quedará en nuestros corazones el recuerdo de tan preciados momentos. Al frente nos esperaba un viaje nocturno, bajo la Cruz del Sur y miles de estrellas que nos alumbraban en el camino, durante más de catorce horas, rumbo a Lima, última parada en nuestro mágico recorrido peruano.
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