Retomo la actividad en el blog con una entrada muy especial: este año, desde hace muchísimo tiempo, he podido estar en Albacete todos los días de Feria, aprovechando para tomar fotografías de este gran evento manchego. Por ello, comparto con vosotros una foto por cada día:
07/09/13. Sueños que brillan:
08/09/13. Bailando en el agua:
09/09/2013. Preparado para todo:
10/09/2013. Artistas en el recinto:
11/09/13. El centro del universo albaceteño:
12/09/13. La familia de botijos y vecinos:
13/09/13. Quijote también se apunta:
14/09/13. La mirada ebria:
15/09/13. El paseo de la ilusión:
16/09/13. Reflejo al pasado:
17/09/13. La luz que vino al día:
Estas fotos son un pequeño reflejo de lo que los albaceteños hemos podido ver durante estos magníficos días. Sin embargo, no hay nada como conocer la feria en vivo, así que os invito a que vengáis, si todavía no lo habéis hecho, el año que viene.
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Aventuras y anécdotas de un (proto)físico albaceteño inquieto que quiere vivir esta ciencia y a la vez conocer gentes, culturas, costumbres...
viernes, 4 de octubre de 2013
jueves, 25 de abril de 2013
Volando en Dover
Apenas quedaban unos días para que acabara esa gran experiencia que fue mi año Erasmus en Inglaterra. La parte más dura de los exámenes, que bauticé el "Torumalet" (sí, toru, en honor a los toroides y sus coordenadas de Plasma), me había dejado algo cansado, con siete exámenes en dos semanas, cinco de ellos en los cinco últimos días. Sin embargo, la ilusión por conocer nuevos lugares, algo que espero que nunca se agote, seguía intacta en mi interior.
Esta vez me acompañarían en el viaje Ginesa y Manuel. Hacía unos meses, vinieron conmigo, por primera vez, a Londres. Muchas cosas habían cambiado en mí desde aquel descubrimiento de la gran ciudad. Ahora, era prácticamente un Londoner, sin renunciar a mi identidad manchega, y conocía algunos de los miles de rincones mágicos que la capital británica tiene escondidos. Así, con una firme determinación de caminar por lugares que ya eran familiares, les presenté esos tesoros que tanto me habían maravillado. Días después, realizaría junto a ellos mi última salida del año Erasmus por tierras británicas.
La humedad, una constante en la gran isla, era superior. Una campana repicando y el canto de las gaviotas nos daban la bienvenida. Nos encontrábamos en Dover, una localidad costera bastante tranquila muy cercana a la conocida Canterbury, que meses antes había podido visitar. Callejeamos un poquito, sin perder el rumbo a nuestro gran objetivo: los acantilados de Dover.
Ya me habían hablado bastante bien de este paraje, pero las palabras son poco para describir uno de los paisajes británicos que más me sorprendieron. Dos niveles en el horizonte: arriba, verde; abajo, azul. El escalón, completamente blanco. Enfrente, Francia. Y, junto al camino, decenas de caballos.
La senda era fascinante. Había alguna cuesta, pero merecía la pena hacer un pequeño esfuerzo para disfrutar de aquel lugar. Sin embargo, el día no estaba siendo muy benévolo con nosotros: llovía ligeramente, mas llevábamos chubasqueros y eso no suponía ningún impedimento.
De repente, subiendo una de las últimas cuestas de camino al faro, se levantó un viento enorme que por poco nos impulsa hacia el mar. Aquí suele soplar, y como muestra de ello podéis ver la forma de uno de los árboles que fotografié. Lo primero y más sensato que hicimos, fue tirarnos al suelo. Manuel, que se había quedado rezagado tomando fotografías, no comprendía qué estábamos haciendo. El viento cesó ligeramente, y Manuel se empeñó en seguir; mas no avanzaría mucho en su aventura, escasos metros, hasta darse cuenta de que era imposible continuar: el viento nos llevaba. Pasaron los minutos, y había que regresar, pero la velocidad del aire no había cesado. Nos reíamos (¡qué mejor que hacer!) pensando cómo íbamos a emprender el regreso en aquellas circunstancias. Agachados, haciendo fuerza, o como se pudiera, cada uno de nosotros fue capaz de llegar hasta un punto más tranquilo, para al final regresar a Dover.
Había sido un día mágico, disfrutado en familia y fascinándonos ante esta maravilla de los acantilados de Dover, así como sintiendo la fuerza de la naturaleza, que estuvo a punto de llevarnos con ella. Sin duda, una aventura para no olvidar.
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Esta vez me acompañarían en el viaje Ginesa y Manuel. Hacía unos meses, vinieron conmigo, por primera vez, a Londres. Muchas cosas habían cambiado en mí desde aquel descubrimiento de la gran ciudad. Ahora, era prácticamente un Londoner, sin renunciar a mi identidad manchega, y conocía algunos de los miles de rincones mágicos que la capital británica tiene escondidos. Así, con una firme determinación de caminar por lugares que ya eran familiares, les presenté esos tesoros que tanto me habían maravillado. Días después, realizaría junto a ellos mi última salida del año Erasmus por tierras británicas.
La humedad, una constante en la gran isla, era superior. Una campana repicando y el canto de las gaviotas nos daban la bienvenida. Nos encontrábamos en Dover, una localidad costera bastante tranquila muy cercana a la conocida Canterbury, que meses antes había podido visitar. Callejeamos un poquito, sin perder el rumbo a nuestro gran objetivo: los acantilados de Dover.
Ya me habían hablado bastante bien de este paraje, pero las palabras son poco para describir uno de los paisajes británicos que más me sorprendieron. Dos niveles en el horizonte: arriba, verde; abajo, azul. El escalón, completamente blanco. Enfrente, Francia. Y, junto al camino, decenas de caballos.
La senda era fascinante. Había alguna cuesta, pero merecía la pena hacer un pequeño esfuerzo para disfrutar de aquel lugar. Sin embargo, el día no estaba siendo muy benévolo con nosotros: llovía ligeramente, mas llevábamos chubasqueros y eso no suponía ningún impedimento.
De repente, subiendo una de las últimas cuestas de camino al faro, se levantó un viento enorme que por poco nos impulsa hacia el mar. Aquí suele soplar, y como muestra de ello podéis ver la forma de uno de los árboles que fotografié. Lo primero y más sensato que hicimos, fue tirarnos al suelo. Manuel, que se había quedado rezagado tomando fotografías, no comprendía qué estábamos haciendo. El viento cesó ligeramente, y Manuel se empeñó en seguir; mas no avanzaría mucho en su aventura, escasos metros, hasta darse cuenta de que era imposible continuar: el viento nos llevaba. Pasaron los minutos, y había que regresar, pero la velocidad del aire no había cesado. Nos reíamos (¡qué mejor que hacer!) pensando cómo íbamos a emprender el regreso en aquellas circunstancias. Agachados, haciendo fuerza, o como se pudiera, cada uno de nosotros fue capaz de llegar hasta un punto más tranquilo, para al final regresar a Dover.
Había sido un día mágico, disfrutado en familia y fascinándonos ante esta maravilla de los acantilados de Dover, así como sintiendo la fuerza de la naturaleza, que estuvo a punto de llevarnos con ella. Sin duda, una aventura para no olvidar.
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domingo, 24 de febrero de 2013
A orillas del río Mersey (II)
Tras un descanso que buena falta hacía, me levanté temprano para aprovechar al máximo mi segundo y último día en Liverpool, ya que por la tarde regresaría a la gran ciudad, Londres.
Mochila al hombro, me dirigí hacia la Catedral anglicana, que el día anterior había dejado pendiente por visitar tras verme sorprendido por la lluvia. Como curiosidad, la diseñó el arquitecto Giles Gilbert Scott, el creador de la tan conocida cabina de teléfono roja, uno de los símbolos de Inglaterra. Quedé maravillado por sus grandes vidrieras, ya que desde lejos parece no muy alta en comparación con su torre, elevada 101 metros, pero una vez en su interior se pueden valorar mejor estos detalles.
Seguidamente, de nuevo mis pasos me llevaron hacia el Albert Dock, para conocer este lugar algo mejor, así como para buscar algunos "tesoros" del juego de geocaching. Curiosamente, en las cercanías de un caché me encontré con una pareja que me preguntó "are you looking for the same as me?", es decir, "¿estás buscando lo mismo que yo?"; obviamente, como me habían visto manipulando mi GPS, habían deducido que era otro buscador de cachés. Eran de Gales y se habían desplazado hasta Liverpool para animar a su equipo de fútbol, que jugaba un partido muy importante por la tarde.
Continué mi camino de forma paralela al río Mersey, descubriendo una serie de vacas bastante graciosas, así como visitando el Museo Marítimo y el Museo de Liverpool. Sin duda, como conclusión, podemos decir que hay cinco ejes fundamentales para comprender la idiosincrasia de esta ciudad: el puerto, el fútbol, la interculturalidad, la música y la arquitectura.
Precisamente, posteriormente me dirigiría hacia la tienda oficial del Liverpool, que esa mañana estaba muy frecuentada por aficionados expectantes ante el partido de la tarde. Allí me acordé de españoles que han formado parte de las filas de los "reds", como Rafa Benítez, Fernando Morientes, Fernando Torres y uno que todavía juega allí, Pepe Reina. Como recuerdo, adquirí una bufanda con el nombre de este último.
También pude conocer de cerca Saint Lukes Church, una iglesia que quedó muy dañada por un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial y así ha permanecido hasta nuestros días.
Finalmente, regresé al Museo del Mundo. Había disfrutado bastante recorriéndolo el día anterior y quería dedicarle algo más de tiempo.
Mi recuerdo de Liverpool estará formado por las mil variantes climatológicas que tuve, los mensajes pintados en las casas que incitan a la reflexión, una ciudad con historia que merece la pena recorrer y, por supuesto, el lugar que regaló al mundo un grupo como los Beatles. El regreso, prometido.
Para concluir, os dejo una reflexión de los mensajes que citaba anteriormente: "la persona media piensa que es más inteligente que la media. ¿Piensas que eres más inteligente que la persona media?"
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Seguidamente, de nuevo mis pasos me llevaron hacia el Albert Dock, para conocer este lugar algo mejor, así como para buscar algunos "tesoros" del juego de geocaching. Curiosamente, en las cercanías de un caché me encontré con una pareja que me preguntó "are you looking for the same as me?", es decir, "¿estás buscando lo mismo que yo?"; obviamente, como me habían visto manipulando mi GPS, habían deducido que era otro buscador de cachés. Eran de Gales y se habían desplazado hasta Liverpool para animar a su equipo de fútbol, que jugaba un partido muy importante por la tarde.
Continué mi camino de forma paralela al río Mersey, descubriendo una serie de vacas bastante graciosas, así como visitando el Museo Marítimo y el Museo de Liverpool. Sin duda, como conclusión, podemos decir que hay cinco ejes fundamentales para comprender la idiosincrasia de esta ciudad: el puerto, el fútbol, la interculturalidad, la música y la arquitectura.
Precisamente, posteriormente me dirigiría hacia la tienda oficial del Liverpool, que esa mañana estaba muy frecuentada por aficionados expectantes ante el partido de la tarde. Allí me acordé de españoles que han formado parte de las filas de los "reds", como Rafa Benítez, Fernando Morientes, Fernando Torres y uno que todavía juega allí, Pepe Reina. Como recuerdo, adquirí una bufanda con el nombre de este último.
También pude conocer de cerca Saint Lukes Church, una iglesia que quedó muy dañada por un bombardeo en la Segunda Guerra Mundial y así ha permanecido hasta nuestros días.
Finalmente, regresé al Museo del Mundo. Había disfrutado bastante recorriéndolo el día anterior y quería dedicarle algo más de tiempo.
Mi recuerdo de Liverpool estará formado por las mil variantes climatológicas que tuve, los mensajes pintados en las casas que incitan a la reflexión, una ciudad con historia que merece la pena recorrer y, por supuesto, el lugar que regaló al mundo un grupo como los Beatles. El regreso, prometido.
Para concluir, os dejo una reflexión de los mensajes que citaba anteriormente: "la persona media piensa que es más inteligente que la media. ¿Piensas que eres más inteligente que la persona media?"
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jueves, 22 de noviembre de 2012
Entre la leyenda y las nubes (III)
Hace unos días, encontré en algún rincón de una memoria electrónica unos vídeos que ilustran parte de lo que fue mi experiencia en el lago Ness. Aquí os los dejo para que podáis conocer más a fondo los paisajes que tan buenos momentos me brindaron. La calidad de las imágenes no es buena, y en ellos se me ve algo cansado, pero fascinado ante la belleza del lugar.
domingo, 28 de octubre de 2012
A orillas del río Mersey (I)
Frío, mucho frío. Tras varias horas en la carretera, la llegada confirma el alivio en las extremidades, que empezaban a resentirse. Eso es lo que pensaba en el descenso del autobús pero, al poner pie en tierra, la temperatura ambiente, mucho menor que la londinense, me despistó totalmente. Segundos después, bien abrigado y tratando de recordar los mapas que había visto con anterioridad, llegó la hora de orientarme para comenzar a descubrir la tan conocida ciudad de Liverpool.
La primera parada fue el museo del Mundo. Un lugar en el que la cultura inglesa demuestra, al igual que en el British de Londres, su pasión por la antropología. De este magnífico centro, al que al día siguiente regresaría para poder disfrutarlo un poquito más, me gustaría destacar su enorme acuario, con una infinidad de especies acuáticas, así como el códice Fejervary Mayer; recuerdo perfectamente la sensación de sentarme frente a este legado prehispánico y observar cada uno de sus detalles, porque estas piezas de increíble valor, son "muy bonitas" si las miras ligeramente, mas nos dejarán la sensación de belleza si les dedicamos un poco de tiempo.
Seguidamente, en mis primeros pasos por esta ciudad, contemplé St. George's Hall, un extenso edificio neoclásico de planta rectangular. Continuando mi recorrido, descubro luces, mucho color, mientras el sol se va escondiendo más allá del río Mersey. Y, por fin, llego a otro de los lugares destacados: la Catedral católica, en un lugar elevado sobre el terreno al que se accede tras subir cientos de escaleras. El templo tiene planta circular con el objetivo de que hasta 2300 personas puedan participar en los oficios, así como se pueden destacar los juegos de luces presentes en él, muchos de ellos gracias a las vidrieras superiores.
Tras contemplar una magnífica puesta de sol desde lugar tan privilegiado, la lluvia hizo acto de presencia en un día de condiciones climáticas muy variables, por lo que decidí no continuar el recorrido por la calle de la Esperanza para dirigirme hacia el albergue en el que pasaría la noche.
Una vez instalado y sin lluvia, no dudé en dirigirme hacia el Albert Dock, un muelle a orillas del río Mersey, que destaca por haber sido uno de los puertos más importantes de Inglaterra. En el camino, tuve un primer encuentro con la Catedral Anglicana, así como con el barrio chino, el más antiguo de Europa, en el que los nombres de las calles se escriben tanto en inglés como en chino, donde había un arco que no me dejó indiferente (unos quince metros que hacen que sea el más grande del mundo, fuera de China, de los de su especie).
Tras cenar, opté por acercarme hacia el universo de los Beatles, que llevaron el nombre de este lugar por todo el mundo, y nada mejor para ello que "La Caverna", el conocido bar en el que comenzaron sus actuaciones. El visitante desciende por unas escaleras hacia una auténtica caverna, para encontrarse abajo con un muy buen ambiente en el que no suele faltar la música, muchas veces en directo.
El día había sido muy largo y, para colmo, me pilló la nieve, lejos del albergue y sin paraguas. La mejor opción era regresar y descansar para continuar disfrutando de esta gran ciudad al día siguiente, hecho que os contaré en la próxima entrada.
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jueves, 16 de agosto de 2012
Entre la leyenda y las nubes (II)
Viaje de vuelta: reflexiono y aprovecho para tomar alguna fotografía de los paisajes que me rodean. Todavía me acompaña el equipo completo, ya que lo primero que hice al llegar a Inverness fue dirigirme al lago Ness. La jornada me ha sabido a poco: apenas he tenido la oportunidad de ver a decenas de metros el lago, para caminar luego por bonitas montañas en las que se perdía la referencia del agua. Quiero más, necesito una experiencia con mayor intensidad en la tierra que desde pequeño había soñado con descubrir.
La agenda del viajero no está escrita. Más bien, es un cuaderno que se va redactando conforme las experiencias van sucediendo. Por ello, en ocasiones, modificamos completamente el rumbo de lo previsto ante la posibilidad de encontrarnos con nuevas alternativas. Gracias a esta flexibilidad, mi viaje cambió de forma en ese trayecto; ahora, el plan era conocer la ciudad por la tarde/noche, pasear junto al río Ness, para al día siguiente volver a dirigirme hacia el lago, concretamente a Lockend, lugar que cité en la anterior entrada.
Así llegó un nuevo día, por supuesto con un madrugón, que merecería la pena, con la ilusión de seguir conociendo un lugar que todavía tenía que aportar mucho en ese cuaderno de ruta que es la vida. Casi sin tener tiempo para pensar, me encontraba en el final del lago, zona este, en el que se ubica una pequeña aldea de casas con vistas privilegiadas, únicas en el mundo: ante sí tienen la inmensidad de semejante formación.
Tuve la suerte de encontrarme con John, un lugareño que me contó cómo es su vida junto al lago, hablándome de las grandes olas que en ocasiones lo recorren, así como de la abundante pesca. Su habitación tiene tres paredes y una enorme cristalera hacia ese azul entre las montañas. Gracias a él, supe del que dicen que es el único lago no costero del mundo, ubicado a escasos metros del lugar.
Por supuesto, me dejé llevar por la intuición y caminé por varias sendas en busca de lo desconocido. Así pude contemplar la salida del lago al canal, con el faro que mi amigo había citado y, además, una preciosa laguna de aguas oscuras, en calma, formando una perfecta reflexión de los árboles que la rodean.
Por el camino, con el espíritu totalmente limpio, disfrutando del lugar, maravillándome con las vistas y sintiéndome parte de la naturaleza, tomé un recuerdo que ya pertenece a mi "vitrina de aventurero": varios guijarros, ya que cuentan que las rocas sedimentarias de este lago son algunas de las más antiguas del mundo.
Continué andando en sentido opuesto, para cumplir uno de mis compromisos personales. Así, me encontraba en bañador (tras desprenderme de las muchas ropas de abrigo) frente a un reto: sumergirme en aquellas mágicas aguas. Frío, mucho frío. Un primer intento, fallido, con el agua a la cintura, mas no puedo salir rápidamente, evitando tropiezos con tantas rocas, afiladas, por supuesto, para la ocasión. Ya vestido, se activa ese yo aventurero: "Jorge, no puedes marcharte de este lugar así". Procedo de nuevo, ahora sin dudas, y durante varios segundos permanezco sumergido en el lago que tantas leyendas ha alimentado. Me cargo de energía, miro a mi alrededor y me siento parte del lugar. Ha merecido la pena: las aguas más frías en las que me he bañado en toda mi vida, pero las más bellas.
Llega la hora de la despedida. Prometo volver, todavía queda mucho por descubrir. Ahora lo entiendo todo: sigo sintiendo la ilusión por encontrar a Nessie, aun con la certeza de que no lo haré. Me siento muy agradecido por haber podido vivir esta aventura. Paisajes inolvidables, corazón lleno.
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La agenda del viajero no está escrita. Más bien, es un cuaderno que se va redactando conforme las experiencias van sucediendo. Por ello, en ocasiones, modificamos completamente el rumbo de lo previsto ante la posibilidad de encontrarnos con nuevas alternativas. Gracias a esta flexibilidad, mi viaje cambió de forma en ese trayecto; ahora, el plan era conocer la ciudad por la tarde/noche, pasear junto al río Ness, para al día siguiente volver a dirigirme hacia el lago, concretamente a Lockend, lugar que cité en la anterior entrada.
Así llegó un nuevo día, por supuesto con un madrugón, que merecería la pena, con la ilusión de seguir conociendo un lugar que todavía tenía que aportar mucho en ese cuaderno de ruta que es la vida. Casi sin tener tiempo para pensar, me encontraba en el final del lago, zona este, en el que se ubica una pequeña aldea de casas con vistas privilegiadas, únicas en el mundo: ante sí tienen la inmensidad de semejante formación.
Tuve la suerte de encontrarme con John, un lugareño que me contó cómo es su vida junto al lago, hablándome de las grandes olas que en ocasiones lo recorren, así como de la abundante pesca. Su habitación tiene tres paredes y una enorme cristalera hacia ese azul entre las montañas. Gracias a él, supe del que dicen que es el único lago no costero del mundo, ubicado a escasos metros del lugar.
Por supuesto, me dejé llevar por la intuición y caminé por varias sendas en busca de lo desconocido. Así pude contemplar la salida del lago al canal, con el faro que mi amigo había citado y, además, una preciosa laguna de aguas oscuras, en calma, formando una perfecta reflexión de los árboles que la rodean.
Por el camino, con el espíritu totalmente limpio, disfrutando del lugar, maravillándome con las vistas y sintiéndome parte de la naturaleza, tomé un recuerdo que ya pertenece a mi "vitrina de aventurero": varios guijarros, ya que cuentan que las rocas sedimentarias de este lago son algunas de las más antiguas del mundo.
Continué andando en sentido opuesto, para cumplir uno de mis compromisos personales. Así, me encontraba en bañador (tras desprenderme de las muchas ropas de abrigo) frente a un reto: sumergirme en aquellas mágicas aguas. Frío, mucho frío. Un primer intento, fallido, con el agua a la cintura, mas no puedo salir rápidamente, evitando tropiezos con tantas rocas, afiladas, por supuesto, para la ocasión. Ya vestido, se activa ese yo aventurero: "Jorge, no puedes marcharte de este lugar así". Procedo de nuevo, ahora sin dudas, y durante varios segundos permanezco sumergido en el lago que tantas leyendas ha alimentado. Me cargo de energía, miro a mi alrededor y me siento parte del lugar. Ha merecido la pena: las aguas más frías en las que me he bañado en toda mi vida, pero las más bellas.
Llega la hora de la despedida. Prometo volver, todavía queda mucho por descubrir. Ahora lo entiendo todo: sigo sintiendo la ilusión por encontrar a Nessie, aun con la certeza de que no lo haré. Me siento muy agradecido por haber podido vivir esta aventura. Paisajes inolvidables, corazón lleno.
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martes, 15 de mayo de 2012
Entre la leyenda y las nubes (I)
La ilusión por encontrarlo alimenta la curiosidad del viajero. Su camino será una búsqueda, con rumbo hacia lo desconocido, con el sueño de que sean sus ojos los que, por primera vez, descubran el mito. La leyenda ha hecho crecer durante siglos esas inquietudes. El buscador, al final de su tarea, no se dará por vencido: se dará cuenta de que lo realmente bonito ha sido el hecho de encontrarse en ese lugar, y se sentirá afortunado. Aun así, dejará una firme promesa de regresar: con la excusa de hallar lo nunca visto, pero con la certeza de que disfrutará de aquella tierra. Sin duda, el camino habrá merecido la pena.
Casi seis meses en Londres, la ciudad más grande de Europa, habían dado para mucho. Sin embargo, tenía una cuenta pendiente, de esas que a los amantes de la aventura siempre nos sacan ese yo natural, espontáneo y original que nos lleva a lugares mágicos: había que visitar Escocia y, más en concreto, el lago Ness. El viaje fue largo, algo menos de mil kilómetros (toda la noche y parte de la mañana en autobús), pero estaba seguro de que esta empresa sería inolvidable.
Inverness es la capital de las High Lands de Escocia, la ciudad más cercana al lago, por lo que ése fue mi primer destino. Sin embargo, ya hablaremos de esta preciosa localidad más adelante, puesto que ahora prefiero centrarme en la visita a semejante monumento natural.
En el primer día de los dos que duró este viaje, me dirigí hacia el castillo de Urquhart, construido entre los siglos V y VII, a orillas del lago. El viaje en autobús fue muy entretenido, tanto por la velocidad del conductor en una carretera más que sinuosa, dándole algo de diversión al trayecto, como por la riqueza paisajística que el recorrido me ofrecía. Y es que, poco antes de llegar a Lockend (final del lago), hay un canal rebosante de agua, tanto que en algunos momentos la carretera circula por el centro de ese flujo y se pueden descubrir también, en medio del canal, algunas señales de la que sería una antigua vía. Así, entusiasmado por lo descubierto y curioso por lo que estoy a punto de ver, me encuentro, por primera vez, con el lago Ness. En ese momento se cumple un sueño de la infancia, algo que, desde pequeñito, había deseado, porque esos deseos son los que mueven el mundo y hacen que la sociedad sea más humana, llenos de ilusión y libres de cualquier mala intención.
Ya en mi primer destino, descubrir este tesoro que la historia nos ha legado en medio de la naturaleza es algo muy especial. Tras recorrer la zona, caminé hasta Drumnadrochit por un sendero anexo a la carretera (2 millas, aproximadamente cuarenta minutos), disfrutando de unas bonitas vistas sobre el lago y de esos prados llenos de verde y poblados de muchas ovejas.
Drumnadrochit es uno de los puntos de referencia para el turista que visita el lago Ness. Fue curioso descubrir la paz de este lugar fuera de temporada alta, con decenas de tiendas de recuerdos vacías, una curiosa maqueta de "Nessie", el monstruo, una original reproducción floral del castillo de Urquhart y el museo. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue uno de los submarinos que se utilizaron en su momento para buscar el famoso inquilino del lago.
Tranquilidad y una puesta de sol: combinación ideal para la fotografía y la reflexión.
Sin embargo, este primer día me supo a poco. El plan, hasta el momento, era conocer el lago Ness para dedicar la segunda jornada a Inverness... pero mi relación con esta gran formación hidrográfica tenía que ser un poco más larga e intensa. Así, cambié de planes y llegó un día cargado de intensas emociones, del que os hablaré en la próxima entrada.
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Casi seis meses en Londres, la ciudad más grande de Europa, habían dado para mucho. Sin embargo, tenía una cuenta pendiente, de esas que a los amantes de la aventura siempre nos sacan ese yo natural, espontáneo y original que nos lleva a lugares mágicos: había que visitar Escocia y, más en concreto, el lago Ness. El viaje fue largo, algo menos de mil kilómetros (toda la noche y parte de la mañana en autobús), pero estaba seguro de que esta empresa sería inolvidable.
Inverness es la capital de las High Lands de Escocia, la ciudad más cercana al lago, por lo que ése fue mi primer destino. Sin embargo, ya hablaremos de esta preciosa localidad más adelante, puesto que ahora prefiero centrarme en la visita a semejante monumento natural.
En el primer día de los dos que duró este viaje, me dirigí hacia el castillo de Urquhart, construido entre los siglos V y VII, a orillas del lago. El viaje en autobús fue muy entretenido, tanto por la velocidad del conductor en una carretera más que sinuosa, dándole algo de diversión al trayecto, como por la riqueza paisajística que el recorrido me ofrecía. Y es que, poco antes de llegar a Lockend (final del lago), hay un canal rebosante de agua, tanto que en algunos momentos la carretera circula por el centro de ese flujo y se pueden descubrir también, en medio del canal, algunas señales de la que sería una antigua vía. Así, entusiasmado por lo descubierto y curioso por lo que estoy a punto de ver, me encuentro, por primera vez, con el lago Ness. En ese momento se cumple un sueño de la infancia, algo que, desde pequeñito, había deseado, porque esos deseos son los que mueven el mundo y hacen que la sociedad sea más humana, llenos de ilusión y libres de cualquier mala intención.
Ya en mi primer destino, descubrir este tesoro que la historia nos ha legado en medio de la naturaleza es algo muy especial. Tras recorrer la zona, caminé hasta Drumnadrochit por un sendero anexo a la carretera (2 millas, aproximadamente cuarenta minutos), disfrutando de unas bonitas vistas sobre el lago y de esos prados llenos de verde y poblados de muchas ovejas.
Drumnadrochit es uno de los puntos de referencia para el turista que visita el lago Ness. Fue curioso descubrir la paz de este lugar fuera de temporada alta, con decenas de tiendas de recuerdos vacías, una curiosa maqueta de "Nessie", el monstruo, una original reproducción floral del castillo de Urquhart y el museo. Una de las cosas que más me llamaron la atención fue uno de los submarinos que se utilizaron en su momento para buscar el famoso inquilino del lago.
Tranquilidad y una puesta de sol: combinación ideal para la fotografía y la reflexión.
Sin embargo, este primer día me supo a poco. El plan, hasta el momento, era conocer el lago Ness para dedicar la segunda jornada a Inverness... pero mi relación con esta gran formación hidrográfica tenía que ser un poco más larga e intensa. Así, cambié de planes y llegó un día cargado de intensas emociones, del que os hablaré en la próxima entrada.
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sábado, 10 de marzo de 2012
CARDIFF
La primera salida de la gran ciudad siempre es especial. En esta ocasión, tras varias semanas de adaptación a la vida en Inglaterra, ya era hora de empezar a descubrir esos lugares tan especiales que esta gran isla tiene guardados para sus visitantes.
El viaje podríamos considerarlo de distancia media. De él, me gustaría destacar la desembocadura del río Severn, sobre la cual están construidos unos grandes puentes, sorprendentes, para comunicar ambas orillas.
Al llegar, la tranquilidad de un lugar lejano de turistas, el canto de las gaviotas y la cercanía del mar me indicaron que aquélla sería una muy feliz estancia. Sin embargo, muy pronto me sorprendió la lluvia, por lo que hice una rápida visita al Millenium Stadium (será uno de los encargados de albergar eventos de los Juegos Olímpicos), de paso, para dirigirme al albergue. Este estadio, con un diseño espectacular, se encuentra rodeado por unos mosaicos muy interesantes dedicados a una serie de países, en los que se encuentran sus banderas rodeadas de algunos de los iconos más destacados de esos lugares. La suerte me favoreció, porque no duró mucho aquel contratiempo meteorológico, por lo que no dudé en dirigirme a la bahía de Cardiff, siguiendo el curso del río Taff. De nuevo, el tiempo no me dejó disfrutar al máximo de las preciosas vistas de un atardecer en la bahía, esta vez con mayor virulencia que en la anterior ocasión, por lo que decidí tomar un autobús de regreso al centro, eso sí, tras haber parado durante varios minutos a reflexionar frente al mar bajo mi paraguas.
Cardiff es la capital de Gales. Aunque parezca raro por la cercanía, Inglaterra y Gales tienen dos culturas con algunas diferencias importantes, siendo ambas muy interesantes. En concreto, hay una serie de curiosidades en la ley galesa que llaman la atención: está prohibido ser abducido por un ovni, así como puedes ser multado si, por error, te diriges a un galés llamándolo inglés. Además, esta nación cuenta con una lengua propia, el galés, realmente extraño, debido a que acumula gran cantidad de consonantes, pero dicen que es una lengua fonética (se pronuncia como se lee), lo que facilita el aprendizaje. Como ejemplo, os dejaré el nombre de la ciudad visitada, Caerdydd. El rugby es el deporte más importante (recordemos que Gales participa en el torneo 6 Naciones), siendo obligatoria su práctica para los más pequeños, aunque el remo también tiene cierto peso.
Del centro de la ciudad, me gustaría destacar su ayuntamiento, así como el gran número de esculturas que sorprenden al viandante en su camino.
Finalmente, no puedo olvidarme del maravilloso castillo de Cardiff, con sus muros, en uno de sus lados, llenos de banderas de todo el mundo, pero con especial importancia para la de Gales. Y, por supuesto, he de citar aquellas preciosas torres con una decoración muy colorida. Para concluir la visita, un breve recorrido por el Museo Nacional de Gales, destacando la parte dedicada a la historia natural.
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sábado, 4 de febrero de 2012
3 ESCAPADAS NAVIDEÑAS
Tras un primer trimestre en Londres, conociendo a fondo la cultura británica, ya hacía falta regresar a la tierra que me vio nacer, sentir sus aromas, deleitarme ante sus paisajes y su querida gastronomía. Así llegaron las vacaciones navideñas y un retorno que me llevaría hasta Alicante, lugar en el que disfrutamos de un muy buen día caminando por varias playas. Os dejo el resultado de una de las búsquedas que más me gustan.
PRIMERA ESCAPADA
Poco tiempo permanecería en Albacete, porque muy pronto me desplacé hacia uno de esos lugares que también estaba en mi lista de los que echaba de menos: el Colegio Mayor San Juan de Ribera. Allí, celebramos la tradicional cena de Navidad, incluyendo el teatro con el que los nuevos colegiales suelen arrancar más de una sonrisa a todos los asistentes. Esa fue una de mis tres grandes visitas, incluyendo en ella Burjassot y Valencia. De la segunda, deciros que tenía pendiente desde mi llegada un compromiso conmigo mismo: dedicar una mañana a la fotografía por su centro histórico, ese centro que me fascinó la primera vez que lo conocí (por cierto, fue por casualidad, en ese empeño por dejarme llevar por la intuición al visitar nuevos lugares), destacando las Torres de Serranos, la Catedral, la Plaza de la Virgen, el Ayuntamiento... no me dio tiempo a incluir en esa sesión las Torres de Quart, pero os recomiendo su visita. Aquí os dejo el resultado de una mañana que, para estar a finales de diciembre, más bien parecía primaveral.
SEGUNDA ESCAPADA
Varios motivos me volvían a motivar para visitar la capital, Madrid, pero el de mayor importancia era ese concierto que organiza todos los años en Navidad Ruta Quetzal BBVA. En esta ocasión, nos sorprendieron con ritmos colombianos, muy relacionados con el próximo destino de la expedición, el país de Gabriel García Márquez.
Otro, el segundo en importancia, era la exposición "NASA: la aventura del espacio", una muestra de visita obligatoria para los amantes de todo aquello relacionado con la exploración espacial. Muy bien estructurada, nos recibe con una serie de ejemplos en los que la literatura fue la inspiradora de los científicos en ese sueño por viajar al espacio. Sputnik, llegada a la luna... la muestra nos ofrece una muy buena cronología de la carrera espacial. También se puede contemplar la comida de los astronautas, así como sus trajes y la evolución temporal que han experimentado. Sin olvidarnos de todo tipo de piezas de las naves (fue muy curioso para mí descubrir el primer retrete que fue al espacio) o incluso el combustible sólido que se emplea en el despegue. Sin duda, una exposición muy didáctica que mereció la pena.
Y luego, tras la visita a la muestra, lo de siempre: perderse un poco. Visitamos el mercado navideño de la plaza Mayor, el museo Reina Sofía (me encantó disfrutar de nuevo con las obras de un paisano mío, Benjamín Palencia, junto a las de otros pintores destacados como Picasso, Dalí o Miró), la Biblioteca Nacional (con dos exposiciones muy interesantes sobre su tercer centenario y sobre José Rizal y la vida en Filipinas)...
INTERMEDIO
Entre la segunda y la tercera escapada, llegó un intermedio muy esperado. Hacía un año de mi última carrera de atletismo. Esta vez sí: había entrenado y el gemelo ya no me daba la lata tanto como antes. Iba a participar en la San Silvestre de Albacete (6 kilómetros aproximadamente), el primer reto desde la vuelta a los entrenamientos. Por supuesto, esta vez sería un paseíllo aguantar hasta el final (el año anterior, sin haber entrenado, costó bastante), puesto que los tiempos de mis entrenamientos eran más largos que la previsión que tenía para esta carrera. Sin embargo, empleando 30 minutos, yo mismo me vi sorprendido, porque esperaba hacerla en algo más de 33. ¡Misión cumplida! Ahora, a seguir, que el atletismo es una muy sana actividad que te recompensa con grandes momentos.
TERCERA ESCAPADA
Ahora sí, llego a la última visita de esta entrada, primera de 2012, en la que, tras pasar una mañana muy agradable junto a Antonio Manzanares (y aprender muchísimo), nos dirigimos hacia el pitón volcánico de Cancárix, al sur de Hellín (Albacete). Este paraje fue un volcán activo en el plioceno (hace varios miles de millones de años) y, hoy en día, debido a la erosión, se puede contemplar la estructura de su chimenea, algo que recomiendo a todos los amantes de la geología. Además, como es obvio, en sus alrededores se pueden encontrar varias rocas volcánicas.
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sábado, 21 de enero de 2012
Mi regalo
Se acercaban las fechas navideñas y, de nuevo, pensé en cómo hacer un regalo de verdad, mucho más allá del materialismo, algo que importara a las personas que lo iban a recibir y que, además, les fuera útil en momentos de bajón anímico o pérdida del rumbo. Por eso decidí elaborar una carta con aquellos consejos que son fundamentales en ese camino que es mi vida y que hacen que, día tras día, cada mañana despierte con la sensación de que me espera una feliz jornada.
Mi objetivo era hacérsela llegar a los más cercanos, aquellos que significan mucho para mí. Sé que no pudo estar en manos de todos, lo que me hubiera gustado, pero por lo menos una mayoría la tuvo en sus manos.
Hoy, creo que esa carta puede ser de utilidad para mucha gente, así que, queridos lectores, aquí os la dejo:
"Querido amigo:
Si en estos momentos tienes esta carta en tus manos, es porque eres una persona muy especial para mí. Me encantaría que la leas, que pienses en su contenido, que disfrutes con ella, y que la guardes… puedes llevarla en un bolsillo junto a ti, o bien dejarla reposar en un cajón, pero quiero que sepas que estas palabras siempre estarán ahí para ayudarte cuando lo necesites. Así, te dejo una serie de consejos que espero te ayuden en el camino de la felicidad:
Camina. Nunca te detengas ni te des por vencido. Queda mucho por recorrer y descubrir. Quien dice que no necesita saber más está muerto en vida, no tiene ningún motivo para continuar caminando. Pero, en cualquier momento, una nueva inquietud puede resucitarle.
Sueña despierto y lucha por tus sueños. La gran satisfacción no será conseguirlos, sino saber que hemos sido capaces de ofrecer lo mejor de nosotros mismos. Por eso a una persona feliz no le importa ni el éxito ni el fracaso, sino ser consciente de que se encuentra en el lugar en que quiere estar. Nuestra mente es el más importante rasgo de libertad, y los sueños su arma pacífica más importante, algo que no se puede robar y por ello nunca nos lo quitarán.
Escucha. Es la única forma de aprender, pero también de acercarse a una persona. Si le escuchas y le comprendes, habréis compartido gran parte de ese camino que os une.
Escucha a la naturaleza. Te habla y normalmente la ignoras. Y todos los días, como cuando amanece y se pone el sol. Hermánate con ella, siéntete parte de su armonía, admira su energía y súmate a ella.
Ten los ojos bien abiertos. Existen cientos de pequeños milagros que suceden todos los días alrededor tuyo. Descubrirlos será un placer, e incluso te pueden ayudar a salir del pozo en los peores momentos.
No te olvides de que existe mucho mundo más allá de los muros de tu casa. Hay millones de personas que en estos momentos estarán en peores situaciones que tú. Ayúdales construyendo un mundo mejor.
Dale la mano a todo el que te la tienda. Caminar juntos es mucho más fácil y en ese recorrido se crecerá mucho más. Acuérdate de tender tu mano de vez en cuando.
Lee, pues en los libros encontrarás miles de vidas paralelas a la tuya. Podrás viajar por todo el globo e incluso vivir aventuras inverosímiles. Sentirás que los personajes, poco a poco, van formando parte de ti. Pero, sobre todo, empezarás a imaginar. Y, algún día, esa imaginación te hará variar el rumbo para romper la monotonía.
Canta. Da igual cuán bonica o fea sea tu voz. Siente la melodía recorrer tus venas. Siéntete libre para inundarte de alegría con la música. Déjate llevar por el ritmo y contágiate por él cuando alguien junto a ti lo haga.
No pierdas el tiempo. Hay mucho camino por recorrer. Eso sí, asombrarse ante un amanecer nunca es perder el tiempo. Hay momentos que merecen ser vividos al máximo, de los que nunca nos arrepentiremos.
Con todo ello, mucha felicidad para esta Navidad, el año 2012 y toda tu vida.
Un abrazo enorme,
Jorge"
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jueves, 19 de enero de 2012
LONDRES (II): MERCADO DE PORTOBELLO
Una de las mejores formas de conocer un lugar es recorrer alguno de sus mercados; mejor si te pierdes y te dejas llevar por la intuición. En él descubrirás a las personas tal y como son y, de paso, entrarás en contacto con la cultura local. Recuerdo las miles de sensaciones que experimenté en un mercado en Chiclayo (Perú), junto a unos muy buenos amigos: olores, sabores, cientos de recovecos por recorrer y el auténtico ambiente de la ciudad.
En Londres, uno de los más destacados es el de Portobello, que tiene lugar en la calle del mismo nombre, en el conocido barrio de Notting Hill, siendo su día grande el sábado. Nada más llegar a la calle, una serie de casas, cada una de un color distinto, transmiten al visitante esa parte quizá más desconocida de la cultura inglesa: todos sabemos del silencio que mantienen en cualquier lugar (será sorprendente la paz reinante en los medios de transporte públicos). Parece que en esta cultura no hay hueco para un sonoro mercadillo donde reine la algarabía. Pero en Portobello la situación cambia: si bien es verdad que en los puestos de antigüedades los visitantes contemplan en silencio total las maravillas allí presentes, más adelante descubriremos esos sonidos característicos de niños ilusionados por comer tortitas o personas expectantes ante una paella que se está cocinando. Precisamente, si tuviera que escoger un olor característico del enclave, me quedaría con ese agradable y dulce aroma de las tortitas recién hechas.
En el mercado encontraremos de todo: comida (amplia variedad de fruta a precios asequibles, algo extraño en Londres), ropa, antigüedades, libros, sellos (filatelia y también de caucho, algunos muy logrados) ... y recuerdos, también a un precio barato, comparándolo con el de las tiendas más céntricas de la ciudad. No faltarán los músicos, alegrando la jornada a todos los visitantes.
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domingo, 1 de enero de 2012
LONDRES (I): VIDA
La melodía del Big Ben marca el ritmo de la ciudad. La puntualidad es una asignatura obligatoria,y muestra de ello son los miles de relojes que adornan sus calles: no hace falta llevarlo en la muñeca, porque en cualquier lugar, alzando ligeramente la vista, encontrarás muy fácilmente la hora.
A la izquierda de las aguas del Támesis en su recorrido hacia el mar, se encuentran los lugares más destacados de Londres, con excepción de la enorme noria conocida como London Eye, que se mueve a una velocidad realmente lenta, desde la cual se pueden divisar algunas de las mejores vistas de la capital inglesa. Sin embargo, tres meses han servido para quedarme con el centro: sobre uno de los innumerables puentes, por la noche, generalmente a mitad de un entrenamiento, no me canso de disfrutar de esa maravillosa instantánea formada por el reflejo de las luces de la capital sobre las poderosas aguas del río.
Otra característica de Londres son sus parques y jardines. Estos últimos son muy comunes, pudiendo encontrarlos en la mayoría de las calles y disfrutando con las maravillas que los más destacados jardineros son capaces de crear en ellos. Sobre parques también hay mucho que hablar: en ellos encontraremos a cientos de corredores, aunque también a familias recorriéndolos y algunos descansando en el césped en los días más calurosos. Pero no sólo son humanos sus habitantes, puesto que hay una muy variada fauna en ellos, sobre todo cerca de sus lagos y estanques.
Sin embargo, al llegar las ocho de la tarde, el silencio, tan solo roto por los coches atravesando la ciudad, aparece: difícil empresa será encontrar a mucha gente por la calle, puesto que muy pronto se recogen a sus hogares. Una de las causas de ello será la hora de la cena, oscilante entre las 6 y las 7:30, sumándole la muy temprana llegada del ocaso.
Eso sí, la ciudad no está pensada para el peatón. Muy pocos serán los pasos de peatones que encuentres (todos ellos delimitados con dos farolas intermitentes, para llamar la atención a los conductores más despistados), por lo que la vista jugará un papel importantísimo a la hora cruzar la calle. No podemos olvidarnos de los taxis (allí conocidos como cabs), realmente amplios, que recorren la ciudad a todas horas, nombrando los tradicionales, negros, a los que se les ha sumado una variedad de colores, destacando los grises, azules y rojos. Pero el rojo queda, sobre todo, para los autobuses de dos pisos (curiosamente, el término bus se utiliza para éstos, mientras que los de un único piso se nombran como coach).
En definitiva, una ciudad preciosa que siempre te tendrá guardadas grandes sorpresas.
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domingo, 20 de noviembre de 2011
Cabrera, única
Queridos lectores, con esta entrada concluyo el relato sobre lo que supuso para mí la aventura de vivir dos meses en Mallorca. Como lo prometido es deuda, dedicaré las próximas líneas al Parque Nacional de Cabrera pero es necesario citar una despedida mágica de esa playa en la que tantas veces me bañé durante mi estancia: estuvimos toda la tarde jugando al fútbol, se hizo de noche y, como colofón, nos dimos un baño nocturno, con el agua increíblemente caliente, flotando y mirando las estrellas desde el mar; no olvidaré ese momento.
La jornada comenzaba muy temprano, en Palma, puesto que había que desplazarse hasta Colonia Sant Jordi para, allí, tomar el barco. A nuestra llegada al puerto, fuimos tremendamente afortunados, puesto que conseguimos los últimos billetes que había disponibles. Muy pronto nos encontrábamos surcando las aguas del mar Mediterráneo rumbo a Cabrera. Aparecieron una, dos, varias islas, de tamaños bien variados, hasta que atracamos en el puerto principal de Cabrera. Ya allí, elegimos una pequeña cala en la que, a la sombra de los pinos, pudimos ubicarnos. Nuestra sorpresa fue enorme cuando nos encontramos muchísimos peces en la misma orilla. Esta isla tiene unas aguas maravillosas, completamente cristalinas, que permiten observar el fondo con bastante facilidad. Aproveché para hacer un poco de snorkel, que realmente disfruté, puesto que pude contemplar un sinfín de peces y preciosos bancos de algas. En una ocasión, me acerqué a uno de ellos, le tendí la mano y vino a tocármela, sin ningún tipo de miedo, y es que, como nos encontramos en un paraje muy bien protegido, no tienen por qué temer al ser humano. Para concluir nuestra magnífica jornada en este paraíso, la única zona de España que tiene paisajes no humanizados, buscamos un nuevo tesoro (geocaching) para tener un muy buen recuerdo, también geocachero.
Tocaba emprender el viaje de vuelta, pero aquí no acababa la aventura, puesto que hicimos una breve pero intensa parada en la Cova Blava (Cueva Azul), lugar en el que, debido al fenómeno de la dispersión, la frecuencia más intensa de la luz es la azul (es decir, prácticamente todo tiene este color). Por supuesto, no desperdicié la oportunidad de tomar un baño en semejante lugar, teniendo la sensación de que, al nadar, mi propio cuerpo desprendia dicha luz. Y, para concluir este día perfecto, en el regreso, unos delfines aparecieron en nuestro camino. Inolvidable.
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La jornada comenzaba muy temprano, en Palma, puesto que había que desplazarse hasta Colonia Sant Jordi para, allí, tomar el barco. A nuestra llegada al puerto, fuimos tremendamente afortunados, puesto que conseguimos los últimos billetes que había disponibles. Muy pronto nos encontrábamos surcando las aguas del mar Mediterráneo rumbo a Cabrera. Aparecieron una, dos, varias islas, de tamaños bien variados, hasta que atracamos en el puerto principal de Cabrera. Ya allí, elegimos una pequeña cala en la que, a la sombra de los pinos, pudimos ubicarnos. Nuestra sorpresa fue enorme cuando nos encontramos muchísimos peces en la misma orilla. Esta isla tiene unas aguas maravillosas, completamente cristalinas, que permiten observar el fondo con bastante facilidad. Aproveché para hacer un poco de snorkel, que realmente disfruté, puesto que pude contemplar un sinfín de peces y preciosos bancos de algas. En una ocasión, me acerqué a uno de ellos, le tendí la mano y vino a tocármela, sin ningún tipo de miedo, y es que, como nos encontramos en un paraje muy bien protegido, no tienen por qué temer al ser humano. Para concluir nuestra magnífica jornada en este paraíso, la única zona de España que tiene paisajes no humanizados, buscamos un nuevo tesoro (geocaching) para tener un muy buen recuerdo, también geocachero.
Tocaba emprender el viaje de vuelta, pero aquí no acababa la aventura, puesto que hicimos una breve pero intensa parada en la Cova Blava (Cueva Azul), lugar en el que, debido al fenómeno de la dispersión, la frecuencia más intensa de la luz es la azul (es decir, prácticamente todo tiene este color). Por supuesto, no desperdicié la oportunidad de tomar un baño en semejante lugar, teniendo la sensación de que, al nadar, mi propio cuerpo desprendia dicha luz. Y, para concluir este día perfecto, en el regreso, unos delfines aparecieron en nuestro camino. Inolvidable.
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miércoles, 26 de octubre de 2011
Geocaching para todos
Queridos lectores, tengo que contaros hace algo más de un mes encontré mi cache número cincuenta. Ahora hace dos años que empecé a hacer geocaching, y aquí os dejo unas notas sobre esta actividad.
Qué es
Según sus gestores, "es un juego de alta tecnología para encontrar tesoros, en el que juegan aquellos a quienes le gusta la aventura". En efecto, a través de la página de Geocaching, se pueden buscar los más cercanos a la zona en que se desee practicar; además, también ofrece la opción de utilizar Google Maps para un
a mejor orientación. En gran cantidad de ocasiones, la caja contiene, además del libro de visitas (cuaderno en el que se firma para certificar que se ha encontrado) algunos regalos que anteriores visitantes han dejado; por ello, muchos suelen hacer un intercambio. De todas formas, lo más importante del geocaching es la propia búsqueda y lo más gratificante es encontrar el cache, tarea, en ocasiones, nada fácil.
Qué se necesita
Lo más importante, para poder practicarlo, es disponer de acceso a Internet, para obtener las coordenadas y las pistas del tesoro. También es muy recomendable disponer de un GPS, aunque algunas personas prefieren, en determinadas ocasiones, recordar el mapa visionado en Internet y dejarse llevar por la orientación.
Motivaciones
Al visitar un lugar nuevo, puede que haya muchas cosas interesantes que nos dejemos sin visitar por, ni siquiera, saber de su existencia. Dado que los encargados de poner y realizar el mantenimiento de un cache suelen vivir en las cercanías de él, en gran cantidad
de ocasiones los ubican en monumentos, edificios, miradores... en definitiva, lugares destacados. Además, suelen adjuntar a la descripción del cache una breve reseña cultural de la zona.
Otra motivación es la aventura, porque muchos se encuentran en la naturaleza, y además puede que requieran un esfuerzo extra para llegar a ellos.
Por supuesto, haciendo geocaching mejorará tu orientación. Un ejemplo que me gusta señalar es que, el ser humano, si no está acostumbrado, no sabría indicar una distancia de cien metros, tanto en la ciudad como en la naturaleza.
Y, cómo no, se desarrolla la intuición, porque los tesoros pueden estar escondidos en cualquier lugar, siendo muchas veces de gran ingenio.
¿Cómo lo conocí?
Como muchas otras cosas, en Ruta Quetzal BBVA. Nos situamos en la expedición 2007, en Cuenca. Una de las actividades que el ayuntamiento organizó para la ruta fue ésta. Al regreso a casa, no tardaría mucho en documentarme y registrarme. Eso sí, pasarían unos años hasta que, recién comprado un GPS, comencé a buscar cajitas.
Caches destacados
El primero, por supuesto, que fue en el parque La Pulgosa (GC1GG8Q), en Albacete. Preciso es citar el de la playa de Los Muertos (GC23JV1), en Almería, con unas magníficas vistas sobr
e este mágico lugar. ¿Y aquel caracol, en el Retiro (GC2JCAK), que tenía dentro el libro de visitas? O el dedicado a Andrés Iniesta (GC2FHQ7), en Fuentealbilla, así como aquel espectacular (aunque de difícil acceso) cache, en las cercanías del castillo de Chinchilla (GC1JKGD)...
Sin embargo, aquí os pondré el top 3, con los hallazgos más destacados para mí:
3 Por el día que pasamos y también por ser mi primer (y hasta ahora, único) FTF (primero en encontrar, del inglés First To Find), el encontrado en las cercanías del pico de las Cabras (GC2G4E1).
2 No puedo olvidarme de un rec
ipiente en el que ponía "Peligro" pero, a sabiendas de que era un cache, lo levanté, y ahí estaba el objetivo.
1 El que más gusto me ha dado. Fue algo duro tanto llegar a él, pero realmente mereció la pena. Se ofrecían las coordenadas de la playa desde la que se podía ver aquella isla, en Baleares (GC2CWWX). También había un mapa del tesoro, el cual memoricé. Así, me puse a nadar, hasta llegar a la isla, escalé con manos y pies desnudos, me resentí un poco al andar descalzo... y costó. La memoria fue un poco traicionera pero, en el último momento, cuando iba a tirar la toalla, pude visualizar con claridad, en mi mente, el mapa, llegué a la zona y, ¡por fin!, lo encontré.
Espero que os haya resultado agradable la lectura sobre el geocaching y que os animéis a practicar este entretenido juego.
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Qué es
Según sus gestores, "es un juego de alta tecnología para encontrar tesoros, en el que juegan aquellos a quienes le gusta la aventura". En efecto, a través de la página de Geocaching, se pueden buscar los más cercanos a la zona en que se desee practicar; además, también ofrece la opción de utilizar Google Maps para un
Qué se necesita
Lo más importante, para poder practicarlo, es disponer de acceso a Internet, para obtener las coordenadas y las pistas del tesoro. También es muy recomendable disponer de un GPS, aunque algunas personas prefieren, en determinadas ocasiones, recordar el mapa visionado en Internet y dejarse llevar por la orientación.
Motivaciones
Al visitar un lugar nuevo, puede que haya muchas cosas interesantes que nos dejemos sin visitar por, ni siquiera, saber de su existencia. Dado que los encargados de poner y realizar el mantenimiento de un cache suelen vivir en las cercanías de él, en gran cantidad
Otra motivación es la aventura, porque muchos se encuentran en la naturaleza, y además puede que requieran un esfuerzo extra para llegar a ellos.
Por supuesto, haciendo geocaching mejorará tu orientación. Un ejemplo que me gusta señalar es que, el ser humano, si no está acostumbrado, no sabría indicar una distancia de cien metros, tanto en la ciudad como en la naturaleza.
Y, cómo no, se desarrolla la intuición, porque los tesoros pueden estar escondidos en cualquier lugar, siendo muchas veces de gran ingenio.
¿Cómo lo conocí?
Como muchas otras cosas, en Ruta Quetzal BBVA. Nos situamos en la expedición 2007, en Cuenca. Una de las actividades que el ayuntamiento organizó para la ruta fue ésta. Al regreso a casa, no tardaría mucho en documentarme y registrarme. Eso sí, pasarían unos años hasta que, recién comprado un GPS, comencé a buscar cajitas.
Caches destacados
El primero, por supuesto, que fue en el parque La Pulgosa (GC1GG8Q), en Albacete. Preciso es citar el de la playa de Los Muertos (GC23JV1), en Almería, con unas magníficas vistas sobr
Sin embargo, aquí os pondré el top 3, con los hallazgos más destacados para mí:
3 Por el día que pasamos y también por ser mi primer (y hasta ahora, único) FTF (primero en encontrar, del inglés First To Find), el encontrado en las cercanías del pico de las Cabras (GC2G4E1).
2 No puedo olvidarme de un rec
1 El que más gusto me ha dado. Fue algo duro tanto llegar a él, pero realmente mereció la pena. Se ofrecían las coordenadas de la playa desde la que se podía ver aquella isla, en Baleares (GC2CWWX). También había un mapa del tesoro, el cual memoricé. Así, me puse a nadar, hasta llegar a la isla, escalé con manos y pies desnudos, me resentí un poco al andar descalzo... y costó. La memoria fue un poco traicionera pero, en el último momento, cuando iba a tirar la toalla, pude visualizar con claridad, en mi mente, el mapa, llegué a la zona y, ¡por fin!, lo encontré.
Espero que os haya resultado agradable la lectura sobre el geocaching y que os animéis a practicar este entretenido juego.
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martes, 18 de octubre de 2011
En medio del Mediterráneo
Tras la magnífica experiencia compartida de nuevo junto a Ruta Quetzal, me dirigí, con apenas un par de días entre una y otra aventura, hacia Mallorca para comenzar la beca JAE Intro (Introducción a la investigación), del CSIC. Allí estaría dos meses, durante los cuales mi trabajo se centró en el estudio de las propiedades de las redes y, más en contreto, las sociales (que no sólo incluyen las cibernéticas, sino las de amistad, viajantes, científicos o actores). Ésta es una rama de la Física que no se estudia en la carrera y me pareció realmente interesante, pues sus aplicaciones son muchas y los modelos, en algunos casos, reproducen fielmente la realidad.
El comienzo no pudo ser mejor, puesto que tenía muchas ganas de realizar este viaje: un vuelo desde Albacete (ABC) hasta Palma (PMI), pudiendo disfrutar desde el aire de paisajes destacados como el parque de Abelardo Sánchez o las curvas que describe el Júcar a su paso por mi querida tierra. Muy pronto (apenas cuarenta minutos), en medio del mar, se divisaría tierra: una isla, ya conocida, pero apenas recordada (la visité siendo muy pequeño), estaba ante mí, y tendría dos meses para descubrir muchísimos de sus rincones. Lo primero que me sorprendería, en el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro, serían unos coloridos molinos que sorprenden al observador por su tamaño y número.
De la capital, Palma, decir que tiene auténticos rincones preciosos. Uno de ellos es el castillo de Bellver, situado en lo más alto del bosque del mismo nombre, que ofrece, a una altura de cien metros sobre el nivel del mar, unas vistas privilegiadas sobre el municipio y su bahía. Muy pronto descubriría este mágico paraje gracias a mis compañeros de piso, que me ofrecieron la posibilidad de asistir a un concierto sobre música culta inspirada en el continente asiático en un atardecer inolvidable: Coral y Kai, muchísimas gracias por llevarme hasta allí.
Otro de los lugares que no pueden pasar desapercibidos ante el visitante es la catedral o seo, enorme. La descubrí, quedándome maravillado, en uno de mis primeros baños en la playa más cercana al piso en el que me alojé. También es preciso citar el Palacio Real, vecino de la seo que, si bien por fuera no parece ofrecer mucho, por dentro es una auténtica joya (recomiendo asistir al cambio de la guardia de honor, que tiene lugar el último sábado de cada mes al mediodía). Estas dos construcciones y sus alrededores hacen que la visita al centro de Palma sea única.
Un rincón que no podría olvidarme se encuentra en la plaza de España, junto al monumento en honor a Jaime I "El Conquistador". Allí, con un globo terráqueo y una veleta sobre su tejado, se encuentra una bella estación meteorológica, incluyendo los promedios de los parámetros que mide y una lista de distancias a los distintos municipios de la isla. La gente se junta para sentarse a sus pies, conversar, compartir experiencias y, de paso, hacer una pequeña predicción casera.
En esa misma plaza encontramos la estación del tren de Sóller, un ferrocarril de madera, clásico, que lleva a este municipio. Tuve la oportunidad de hacer este recorrido, en un trayecto que me llevó a este lugar, famoso por sus naranjas y su puerto, además de su magnífica iglesia, parada obligatoria para todo visitante.
Me gustaría también señalar el magnífico día que pasé en Alcudia, al norte de la isla, recorriendo sus estrechas calles empedradas, en el interior de la muralla, y pudiendo bañarme en una preciosa playa.
Y, por supuesto, querido lector, si visitas la isla de Mallorca, no te olvides de probar sus magníficas ensaimadas, deliciosas y de gran tamaño, pues realmente merecen la pena, así como visitar algunas de las tiendas gastronómicas por el centro, haciendo turismo de olores.
Todavía me queda por contaros la aventura en Cabrera, pero eso será en otra entrada.
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El comienzo no pudo ser mejor, puesto que tenía muchas ganas de realizar este viaje: un vuelo desde Albacete (ABC) hasta Palma (PMI), pudiendo disfrutar desde el aire de paisajes destacados como el parque de Abelardo Sánchez o las curvas que describe el Júcar a su paso por mi querida tierra. Muy pronto (apenas cuarenta minutos), en medio del mar, se divisaría tierra: una isla, ya conocida, pero apenas recordada (la visité siendo muy pequeño), estaba ante mí, y tendría dos meses para descubrir muchísimos de sus rincones. Lo primero que me sorprendería, en el trayecto desde el aeropuerto hasta el centro, serían unos coloridos molinos que sorprenden al observador por su tamaño y número.
De la capital, Palma, decir que tiene auténticos rincones preciosos. Uno de ellos es el castillo de Bellver, situado en lo más alto del bosque del mismo nombre, que ofrece, a una altura de cien metros sobre el nivel del mar, unas vistas privilegiadas sobre el municipio y su bahía. Muy pronto descubriría este mágico paraje gracias a mis compañeros de piso, que me ofrecieron la posibilidad de asistir a un concierto sobre música culta inspirada en el continente asiático en un atardecer inolvidable: Coral y Kai, muchísimas gracias por llevarme hasta allí.
Otro de los lugares que no pueden pasar desapercibidos ante el visitante es la catedral o seo, enorme. La descubrí, quedándome maravillado, en uno de mis primeros baños en la playa más cercana al piso en el que me alojé. También es preciso citar el Palacio Real, vecino de la seo que, si bien por fuera no parece ofrecer mucho, por dentro es una auténtica joya (recomiendo asistir al cambio de la guardia de honor, que tiene lugar el último sábado de cada mes al mediodía). Estas dos construcciones y sus alrededores hacen que la visita al centro de Palma sea única.
Un rincón que no podría olvidarme se encuentra en la plaza de España, junto al monumento en honor a Jaime I "El Conquistador". Allí, con un globo terráqueo y una veleta sobre su tejado, se encuentra una bella estación meteorológica, incluyendo los promedios de los parámetros que mide y una lista de distancias a los distintos municipios de la isla. La gente se junta para sentarse a sus pies, conversar, compartir experiencias y, de paso, hacer una pequeña predicción casera.
En esa misma plaza encontramos la estación del tren de Sóller, un ferrocarril de madera, clásico, que lleva a este municipio. Tuve la oportunidad de hacer este recorrido, en un trayecto que me llevó a este lugar, famoso por sus naranjas y su puerto, además de su magnífica iglesia, parada obligatoria para todo visitante.
Me gustaría también señalar el magnífico día que pasé en Alcudia, al norte de la isla, recorriendo sus estrechas calles empedradas, en el interior de la muralla, y pudiendo bañarme en una preciosa playa.
Y, por supuesto, querido lector, si visitas la isla de Mallorca, no te olvides de probar sus magníficas ensaimadas, deliciosas y de gran tamaño, pues realmente merecen la pena, así como visitar algunas de las tiendas gastronómicas por el centro, haciendo turismo de olores.
Todavía me queda por contaros la aventura en Cabrera, pero eso será en otra entrada.
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domingo, 9 de octubre de 2011
DESPEDIDA EN LISBOA
Si nos remontamos un año atrás, dejábamos la capital portuguesa a través de ese gran Tajo, río ibérico por excelencia, navegando en el Galicia (precisamente para dirigirnos a la tierra que le da nombre). Esta vez estábamos haciendo el trayecto a la inversa, desde las tierras gallegas hasta la tan bonita ciudad, en el barco Castilla. De nuevo, algo de lo que creo nunca me cansaría, me volví a fascinar con la anchura del estuario de tan bello río, disfrutando con unas maravillosas vistas sobre algunos de los lugares más destacados del municipio. Así nos acercamos al puerto.
Era mi último día en esta increíble Ruta Quetzal BBVA 2011, y quería que fuera especial. Decidido a vivirlo al máximo, como cada uno de los anteriores, no podía partir sin guardar un preciado momento junto a las personas con las que había vivido tanto. Eso sí, antes de nada, había que solucionar un pequeño problema: el tren que me llevaría hacia Madrid, por la noche, salía desde la estación de Santa Apolonia y... ¿dónde se encontraría? Para sorpresa mía (¡suerte infinita!), pasamos precisamente en autobús por su puerta, nada más desembarcar, a escasos metros del barco, hecho que me permitiría pasar el día entero junto a mi querida expedición y tomar mi camino al acabar la jornada.
Sobre el recorrido, destacar la Praça do Comercio, lugar importantísimo en el que estuvo el Palacio Real, con su característico color amarillo presente en sus edificios. También una exposición con cuadros sobre el fado (nada mejor para acercarse a las tradiciones portuguesas) y, finalmente, la playa de San Juan, preciosa, increíble, con ese océano Atlántico a nuestros pies que ha sido el culpable (bendita culpa) de que España y Portugal estén tan unidas con América.
Por supuesto, no podía faltar el deleite máximo de la capital lisboeta, el monasterio de los Jerónimos, con su característico arte manuelino, sin olvidarnos de ddegustar los famosos pasteis de Belem; como curiosidad, citar que se deben tomar calientes.
Para concluir, una visita al monumento a los Conquistadores y a la torre de Belem.
Del resto, citar que fue una despedida mágica en la que sentí, de nuevo, que no nos separábamos porque, para siempre, tendríamos este lazo común creado durante tan buenos días.
PD: como fotografías, os dejo las que tomé en este día junto a algunas de las personas que más importantes fueron para mí en esta ruta (no están todos).
Era mi último día en esta increíble Ruta Quetzal BBVA 2011, y quería que fuera especial. Decidido a vivirlo al máximo, como cada uno de los anteriores, no podía partir sin guardar un preciado momento junto a las personas con las que había vivido tanto. Eso sí, antes de nada, había que solucionar un pequeño problema: el tren que me llevaría hacia Madrid, por la noche, salía desde la estación de Santa Apolonia y... ¿dónde se encontraría? Para sorpresa mía (¡suerte infinita!), pasamos precisamente en autobús por su puerta, nada más desembarcar, a escasos metros del barco, hecho que me permitiría pasar el día entero junto a mi querida expedición y tomar mi camino al acabar la jornada.
Sobre el recorrido, destacar la Praça do Comercio, lugar importantísimo en el que estuvo el Palacio Real, con su característico color amarillo presente en sus edificios. También una exposición con cuadros sobre el fado (nada mejor para acercarse a las tradiciones portuguesas) y, finalmente, la playa de San Juan, preciosa, increíble, con ese océano Atlántico a nuestros pies que ha sido el culpable (bendita culpa) de que España y Portugal estén tan unidas con América.
Por supuesto, no podía faltar el deleite máximo de la capital lisboeta, el monasterio de los Jerónimos, con su característico arte manuelino, sin olvidarnos de ddegustar los famosos pasteis de Belem; como curiosidad, citar que se deben tomar calientes.
Para concluir, una visita al monumento a los Conquistadores y a la torre de Belem.
Del resto, citar que fue una despedida mágica en la que sentí, de nuevo, que no nos separábamos porque, para siempre, tendríamos este lazo común creado durante tan buenos días.
PD: como fotografías, os dejo las que tomé en este día junto a algunas de las personas que más importantes fueron para mí en esta ruta (no están todos).
martes, 4 de octubre de 2011
Mi Reventón
Estaba siendo un año de grandes cimas, y no podía faltar ésta, una de mis favoritas, a la que siempre merece la pena llegar, puesto que ofrece una enorme cantidad de magia a todos los que saben descubrirla.
La primera sorpresa fue encontrarnos en La Granja, lugar de partida, a dos titiriteros, Julio Míchel y Salvador Lucio, subidos en un carro, tirado por unas mulas, tocando melodías para animar a todo el grupo. Seguidamente, hicimos un breve alto en el camino en Valsaín, junto a la casa de Manuel Iradier, para c
onocer su historia. Este explorador dedicó buena parte de su vida a recorrer muchos paisajes hoy en día pertenecientes a Guinea Ecuatorial, en particular el río Muni (río del peligro).
Y, tras este receso para la historia, comenzó el desafío físico, primero por un muy agradable bosque acompañados por un riachuelo para dar lugar más adelante a una serie de arbustos en el paisaje. Y ahí llegó la primera variante frente a mis dos anteriores subidas a esta cima: lo que venía siendo un día muy agradable se convirtió en una tormenta; sin embargo, en ruta, no nos detenemos por la lluvia, por lo que nos pu
simos las capas y continuamos con nuestra aventura, disfrutando de la magnífica puesta de sol, una de esas contribuciones a la magia de este recorrido.
El camino, tras los grandes desafios emprendidos anteriormente, se me hizo fácil y rápido. Las estadísticas, medidas con GPS, como a mí me gusta, reflejaron unos nueve kilómetros y medio de ascensión con ochocientos metros de desnivel.
Y al llegar arriba, contento, alegre y sorprendido de mí mismo por no haber sufrido absolutamente nada (recordand
o ediciones anteriores), las nubes dejaron hueco para disfrutar de las estrellas. Hizo algo de fresco (apenas 4 grados Celsius en el termómetro al amanecer), pero la experiencia, de nuevo, fue inolvidable. Del descenso, contaros que un loco albaceteño apareció con pantalones y camiseta cortos (sí, con cuatro grados), y que disfrutamos de un precioso amanecer, así como de unas vistas privilegiadas sobre la comarca, en busca de nuestro destino final, Rascafría.
Queridos
lectores, sé que tengo pendiente una ascensión a este lugar con más de uno de vosotros. ¡Ojalá podamos hacerla pronto! Me encantará acompañaros.
La primera sorpresa fue encontrarnos en La Granja, lugar de partida, a dos titiriteros, Julio Míchel y Salvador Lucio, subidos en un carro, tirado por unas mulas, tocando melodías para animar a todo el grupo. Seguidamente, hicimos un breve alto en el camino en Valsaín, junto a la casa de Manuel Iradier, para c
Y, tras este receso para la historia, comenzó el desafío físico, primero por un muy agradable bosque acompañados por un riachuelo para dar lugar más adelante a una serie de arbustos en el paisaje. Y ahí llegó la primera variante frente a mis dos anteriores subidas a esta cima: lo que venía siendo un día muy agradable se convirtió en una tormenta; sin embargo, en ruta, no nos detenemos por la lluvia, por lo que nos pu
El camino, tras los grandes desafios emprendidos anteriormente, se me hizo fácil y rápido. Las estadísticas, medidas con GPS, como a mí me gusta, reflejaron unos nueve kilómetros y medio de ascensión con ochocientos metros de desnivel.
Y al llegar arriba, contento, alegre y sorprendido de mí mismo por no haber sufrido absolutamente nada (recordand
Queridos
miércoles, 14 de septiembre de 2011
Perú(III). Viajes de transición
Tras aquellas magníficas caminatas relatadas anteriormente, con las fuerzas más bien escasas, los integrantes de Ruta Quetzal BBVA tuvimos un par de días de "descanso" para recorrer otros dos lugares preciosos de Perú: Chachapoyas y Zaña. Además, durante nuestra estancia en Chachapoyas pudimos visitar la localidad de Huancas, un pequeño pueblo que conserva gran parte de las tradiciones de la cultura chachapoyas, destacando entre ellas la cerámica. Como comprobamos, trabajar la cerámica requiere tiempo, con un amplio proceso de elaboración.
Zaña tendrá siempre un rincón en nuestro corazón. Para llegar allí recorrimos una inmensidad de kilómetros por carretera, no sin sorpresas en el camino debido a las muchas obras en la vía y los consiguientes caminos como alternativa y también algo de calor en los autobuses (más bien nada, que en peores lides nos hemos visto). Sin embargo, a pesar de los obstáculos, este trayecto fue feliz para mí: a la gran cantidad de paisajes vistos, desde la ceja amazónica hasta zonas semidesérticas y a las muchas canciones compartidas sobre ruedas, hay que sumarle la culminación de una de mis ilusiones para la presente expedición, que era poder contemplar un "monete", hecho que se hizo realidad al verlo en una casa de las que se encontraban en las cercanías de la carretera. Al sumar la gran cantidad de contratiempos encontrados en el viaje obtendremos la causa de la demora en nuestra llegada a Zaña. Sin embargo, la hospitalidad de sus habitantes llegó a tal extremo que, en ese feliz momento del encuentro, todavía mantenían intactas sus ilusiones por ofrecernos lo mejor; no me olvido de las palabras de Jesús Luna, nuestro querido jefe de campamento: "vamos rápido a la plaza, porque llevan horas esperándonos". Había que apresurarse para, por fin, tener ese feliz encuentro, y es que nos habían preparado una muy calurosa acogida, incluyendo en ella unas palabras por parte de las autoridades locales y Jesús Luna, bailes típicos del lugar, una breve reseña sobre el Museo Afroperuano de Zaña y, finalmente, la lectura de una serie de décimas, pues los zañeros están entre los mejores decimistas de América, señalando la facilidad que tienen para incluir el "culantro" en sus versos, arrancando más de una sonrisa al público. Este acto acabó tarde, mas realmente mereció la pena y fue precioso estar presente en él. Al llegar al campamento, el cansancio era una constante en mi organismo pero, después de varios días, me reencontraba con mi diario (en las caminatas, para aligerar peso, llevé una pequeña libreta para tomar notas), y no me perdonaría dejar de escribir todos los sentimientos experimentados en las preciosas marchas que habíamos vivido días atrás. Así, a altas horas de la madrugada, ya metido en el saco, abría ese rincón para los recuerdos con la intención de, de nuevo, darle esa vida que sólo la escritura es capaz de otorgarle.
Al día siguiente, concimos esta localidad y, en particular, el museo citado anteriormente, con una gran riqueza cultural. Para concluir una visita tan especial, que nos hermanó con este hospitalario municipio, me integré en los talleres de percusión, pudiendo experimentar la sensación de tocar instrumentos como la quijada de burro y unas calabazas huecas de tamaño considerable, entre otros.
La despedida fue breve pero intensa: nada será igual después de estos días compartidos, ni para ellos ni para nosotros, porque siempre quedará en nuestros corazones el recuerdo de tan preciados momentos. Al frente nos esperaba un viaje nocturno, bajo la Cruz del Sur y miles de estrellas que nos alumbraban en el camino, durante más de catorce horas, rumbo a Lima, última parada en nuestro mágico recorrido peruano.
Zaña tendrá siempre un rincón en nuestro corazón. Para llegar allí recorrimos una inmensidad de kilómetros por carretera, no sin sorpresas en el camino debido a las muchas obras en la vía y los consiguientes caminos como alternativa y también algo de calor en los autobuses (más bien nada, que en peores lides nos hemos visto). Sin embargo, a pesar de los obstáculos, este trayecto fue feliz para mí: a la gran cantidad de paisajes vistos, desde la ceja amazónica hasta zonas semidesérticas y a las muchas canciones compartidas sobre ruedas, hay que sumarle la culminación de una de mis ilusiones para la presente expedición, que era poder contemplar un "monete", hecho que se hizo realidad al verlo en una casa de las que se encontraban en las cercanías de la carretera. Al sumar la gran cantidad de contratiempos encontrados en el viaje obtendremos la causa de la demora en nuestra llegada a Zaña. Sin embargo, la hospitalidad de sus habitantes llegó a tal extremo que, en ese feliz momento del encuentro, todavía mantenían intactas sus ilusiones por ofrecernos lo mejor; no me olvido de las palabras de Jesús Luna, nuestro querido jefe de campamento: "vamos rápido a la plaza, porque llevan horas esperándonos". Había que apresurarse para, por fin, tener ese feliz encuentro, y es que nos habían preparado una muy calurosa acogida, incluyendo en ella unas palabras por parte de las autoridades locales y Jesús Luna, bailes típicos del lugar, una breve reseña sobre el Museo Afroperuano de Zaña y, finalmente, la lectura de una serie de décimas, pues los zañeros están entre los mejores decimistas de América, señalando la facilidad que tienen para incluir el "culantro" en sus versos, arrancando más de una sonrisa al público. Este acto acabó tarde, mas realmente mereció la pena y fue precioso estar presente en él. Al llegar al campamento, el cansancio era una constante en mi organismo pero, después de varios días, me reencontraba con mi diario (en las caminatas, para aligerar peso, llevé una pequeña libreta para tomar notas), y no me perdonaría dejar de escribir todos los sentimientos experimentados en las preciosas marchas que habíamos vivido días atrás. Así, a altas horas de la madrugada, ya metido en el saco, abría ese rincón para los recuerdos con la intención de, de nuevo, darle esa vida que sólo la escritura es capaz de otorgarle.
Al día siguiente, concimos esta localidad y, en particular, el museo citado anteriormente, con una gran riqueza cultural. Para concluir una visita tan especial, que nos hermanó con este hospitalario municipio, me integré en los talleres de percusión, pudiendo experimentar la sensación de tocar instrumentos como la quijada de burro y unas calabazas huecas de tamaño considerable, entre otros.
La despedida fue breve pero intensa: nada será igual después de estos días compartidos, ni para ellos ni para nosotros, porque siempre quedará en nuestros corazones el recuerdo de tan preciados momentos. Al frente nos esperaba un viaje nocturno, bajo la Cruz del Sur y miles de estrellas que nos alumbraban en el camino, durante más de catorce horas, rumbo a Lima, última parada en nuestro mágico recorrido peruano.
martes, 9 de agosto de 2011
Perú (II). El pequeño destello que me llevó a la catarata
Hay ocasiones, en nuestra historia personal, en las que la aventura nos ha sacado de un mar de dudas y nos ha lanzado hacia una gran cantidad de vivencias. El relato que en estos momentos tus ojos recorren, querido lector, no estaría frente a ti de no ser por esa pequeña chispa de esperanza que surgió en un momento de desolación.
Estaba en la "enfermería", derrotado, impotente y cabreado. Era como un castigo, autoimpuesto, por una prudencia que rozaba la supervivencia. Pero, de repente, tras tomar una deliciosa granadilla (quizá algo dulce hacía falta en esa mañana), decidí afrontar el reto y sus consecuencias: aún quedaba mucho Jorge para dar guerra.
Y es que la noche anterior lo había pasado realmente mal. El gemelo volvía a estar débil y casi dijo basta en el camino hacia San Pablo Valera, un precioso y acogedor pueblo situado en la ceja de la selva amazónica. Tras bajar de Kuélap caminando, los autobuses nos llevaron hasta el punto más cercano a nuestro destino final. El resto, había que hacerlo a pie. Al principio, todo bien, pero el cargar con una mochila en la que llevábamos todo lo necesario para sobrevivir tres días y la pendiente, que poco a poco fue creciendo, empezaron a hacer estragos. Muy pronto el gemelo empezaría a quejarse, llevándome hasta la cola de los quetzales, un grupo ya alcanzado por el siguiente, que se encontraba muy bien de fuerzas. Paso a paso, no había salida posible, tuve que avanzar, a mi ritmo, soportando todos esos obstáculos, al que se le sumó un terrible dolor de mis dos hombros, con sendas contracturas, y eso que mi mochila iba más bien vacía. Sin embargo, estas situaciones siempre suelen encontrar algún tipo de solución, que normalmente reside en nuestro interior
: en esa noche me guié por los astros, maravillosos, que se podían ver en abundancia en esas selvas alejadas de las grandes ciudades. Ellos me acompañaron e ilustraron un trayecto más bien oscuro. Me quedaría con un detalle que supera increíblemente todo el sufrimiento, y es la oscuridad que presentaba la montaña frente a la escasa luz del cielo, pudiendo apreciar ese maravilloso azul nocturno. Y así llegué a San Pablo Valera, pueblo que nos recibió con colores, petardos, músicas y bailes: todos sus habitantes nos esperaban en la plaza principal. Ahí, exhausto, sintiendo todos y cada uno de mis músculos doloridos al dar un simple paso, tomé la decisión de no emprender, al día siguiente, la marcha hacia la catarata de Gocta. Estaba realmente mal y lo único que me alivió fue una interesante conversación que mantuve con los lugareños sobre la catarata: por lo menos, ellos ilustrarían ese paisaje que me iba a perder.
Por la mañana la decisión parecía incluso más sólida. Estaba convencido de no arriesgar. Jesús Luna, gran amigo, me dijo que me veía mala cara, y precisamente esa cara era una mezcla de cansancio, dolor (aunque éste había remitido ligeramente) pero, sobre todo, lástima por no poder emprender la marcha.
Sin embargo, como comentaba al principio, surgió ese pequeño hilo de esperanza y opté por caminar. No podía perderme la tercera catarata más grande del mundo. Era el momento de disfrutar y, au
nque hubiera que hacer un pequeño sacrificio, merecería la pena.
Los quetzales (primer grupo) ya habían salido, por lo que me acompañaron las águilas, el segundo en cuanto a fuerzas (jaguares, águilas y quetzales, en este orden). Poco a poco íbamos adentrándonos en la selva: pudimos ver gran cantidad de plantas y flores, así como también cruzamos un puente colgante. Y así descubrimos el primer salto de la catarata, impresionante; parecía mentira que nos esperase uno segundo, casi el doble de grande que éste. Poco después de deleitarnos frente a esta maravilla de la naturaleza empezamos un descenso muy pronunciado en el que nos encontramos algunos enterramientos de la cultura chachapoyas. Llegamos hasta lo más bajo del valle, con las fuerzas más bien escasas, pero éstas se dispararon al contemplar esa maravillosa, increíble y enorme cascada, en la que, a través de tantos metros de caída, el agua, dirigida por el viento, se desc
omponía en pequeñas gotitas. No tenía bañador (esta prenda no se encontraba entre lo básico para sobrevivir), pero el lujo de bañarme (en ropa interior) en la pequeña laguna que se formaba a los pies de la catarata, con sus gélidas aguas, fue una sensación inigualable.
Ya con las pilas cargadas por haber estado en un lugar tan positivo, nos dirigimos hacia Cocachimba, meta de nuestro recorrido, y en nuestro camino, de nuevo, tuvimos que enfrentarnos a una muy prolongada y pronunciada cuesta que se hizo interminable para muchos. Llegando al pueblo, algunos guías nos ofrecieron caña de azúcar: nunca olvidaré ese dulce sabor al morder aquel tallo. Y así, con los últimos destellos del día, culminamos nuestra aventura. Con los pelos de punta, elevando las manos hacia el cielo, dediqué esta caminata a tres personas, importantísimas para mí, y tímidas lágrimas poblaron mi rostro, por primera vez, al acabar una caminata en Ruta Quetzal BBVA. Estaba completamente derrotado, pero mejor que nunca, contento por haberlo logrado. Sin duda, el esfuerzo había merecido la pena.
Estaba en la "enfermería", derrotado, impotente y cabreado. Era como un castigo, autoimpuesto, por una prudencia que rozaba la supervivencia. Pero, de repente, tras tomar una deliciosa granadilla (quizá algo dulce hacía falta en esa mañana), decidí afrontar el reto y sus consecuencias: aún quedaba mucho Jorge para dar guerra.
Y es que la noche anterior lo había pasado realmente mal. El gemelo volvía a estar débil y casi dijo basta en el camino hacia San Pablo Valera, un precioso y acogedor pueblo situado en la ceja de la selva amazónica. Tras bajar de Kuélap caminando, los autobuses nos llevaron hasta el punto más cercano a nuestro destino final. El resto, había que hacerlo a pie. Al principio, todo bien, pero el cargar con una mochila en la que llevábamos todo lo necesario para sobrevivir tres días y la pendiente, que poco a poco fue creciendo, empezaron a hacer estragos. Muy pronto el gemelo empezaría a quejarse, llevándome hasta la cola de los quetzales, un grupo ya alcanzado por el siguiente, que se encontraba muy bien de fuerzas. Paso a paso, no había salida posible, tuve que avanzar, a mi ritmo, soportando todos esos obstáculos, al que se le sumó un terrible dolor de mis dos hombros, con sendas contracturas, y eso que mi mochila iba más bien vacía. Sin embargo, estas situaciones siempre suelen encontrar algún tipo de solución, que normalmente reside en nuestro interior
Por la mañana la decisión parecía incluso más sólida. Estaba convencido de no arriesgar. Jesús Luna, gran amigo, me dijo que me veía mala cara, y precisamente esa cara era una mezcla de cansancio, dolor (aunque éste había remitido ligeramente) pero, sobre todo, lástima por no poder emprender la marcha.
Sin embargo, como comentaba al principio, surgió ese pequeño hilo de esperanza y opté por caminar. No podía perderme la tercera catarata más grande del mundo. Era el momento de disfrutar y, au
Los quetzales (primer grupo) ya habían salido, por lo que me acompañaron las águilas, el segundo en cuanto a fuerzas (jaguares, águilas y quetzales, en este orden). Poco a poco íbamos adentrándonos en la selva: pudimos ver gran cantidad de plantas y flores, así como también cruzamos un puente colgante. Y así descubrimos el primer salto de la catarata, impresionante; parecía mentira que nos esperase uno segundo, casi el doble de grande que éste. Poco después de deleitarnos frente a esta maravilla de la naturaleza empezamos un descenso muy pronunciado en el que nos encontramos algunos enterramientos de la cultura chachapoyas. Llegamos hasta lo más bajo del valle, con las fuerzas más bien escasas, pero éstas se dispararon al contemplar esa maravillosa, increíble y enorme cascada, en la que, a través de tantos metros de caída, el agua, dirigida por el viento, se desc
Ya con las pilas cargadas por haber estado en un lugar tan positivo, nos dirigimos hacia Cocachimba, meta de nuestro recorrido, y en nuestro camino, de nuevo, tuvimos que enfrentarnos a una muy prolongada y pronunciada cuesta que se hizo interminable para muchos. Llegando al pueblo, algunos guías nos ofrecieron caña de azúcar: nunca olvidaré ese dulce sabor al morder aquel tallo. Y así, con los últimos destellos del día, culminamos nuestra aventura. Con los pelos de punta, elevando las manos hacia el cielo, dediqué esta caminata a tres personas, importantísimas para mí, y tímidas lágrimas poblaron mi rostro, por primera vez, al acabar una caminata en Ruta Quetzal BBVA. Estaba completamente derrotado, pero mejor que nunca, contento por haberlo logrado. Sin duda, el esfuerzo había merecido la pena.
sábado, 30 de julio de 2011
Perú (I): llegada y primer gran desafío
Queridos lectores, tengo que contaros una gran experiencia que he vivido durante los meses de junio y julio de este 2011. En esta ocasión, como en muchas otras, he tenido el privilegio de acompañar a Ruta Quetzal BBVA en su viaje por Perú, Portugal y España, viviendo una infinidad de buenos momentos, así como descubriendo a cientos de personas inolvidables que ya se han ganado un buen rinconcito en mi corazón.
Después de visitar un país tan diverso como el que este año hemos recorrido en América, estoy obligado a declararme un auténtico "perulero", como aquellos Españoles que iban al Perú y regresaban enriquecidos: todos esos momentos, que se volvieron en mi archivo más íntimo, tienen un valor incalculable.
La primera escala de nuestro viaje fue Lima, en la que Alan García, Presidente de Perú, recibió a la expedición en el Palacio de Gobierno. La capital es una ciudad preciosa, destacando su plaza de Armas, punto de obligatoria parada, en la que me hubiera encantado entrar a la Catedral, que estaba cerrada: allí fue donde trabajó mi paisano Tomás de Torrejón y Velasco, Maestro de Capilla, que fue quien escribió la primera ópera en el Nuevo Mundo, titulada "La púrpura de la rosa", con libreto de Pedro Calderón de la Barca. También tengo constancia de que otro paisano mío, el virrey Morcillo, está enterrado en este lugar.
Posteriormente recorrimos el desierto moche, conociendo no sólo la cultura que le da nombre, sino también otras como chimú o sicán. Muy imporante sería nuestra estancia en Huanchaco y el descubrimiento de la embarcación típica de pesca en este lugar, los caballitos de totora: conocimos su fabricación y también pudimos comprobar la sensación del pescador al navegar en ellos, eso sí, con alguna ola traicionera del Pacífico que nos caló con sus aguas frías.
Pasaron los días, con alguna que otra visita de Moctezuma, y llegó el primer gran desafío: ascenderíamos desde Tingo hasta Kuélap, una ciudadela de origen chachapoyas. El camino fue de gran dificultad, puesto que el desnivel a salvar era de más de mil metros en tan solo diez kilómetros de recorrido. Precisamente en los últimos instantes la pendiente se dispararía, sumándole a ello la gran altitud y el cansancio acumulado: era imposible dar más de cinco pasos seguidos sin parar para tomar un respiro. Pero ahí estaba, a tres mil metros de altitud, la ciudadela de Kuélap, esperando a los ruteros. La llegada fue impresionante: allí nos esperaba una banda de música y varias agrupaciones de bailes típicos para darnos la más acogedora bienvenida. Estábamos entre las nubes, divisando una gran cantidad de preciosos paisajes a nuestros pies; no me cansaba de tomar fotografías, porque cada vez que miraba en cualquier dirección descubría una instantánea increíble.
No me gusta entrar en comparaciones, pero Kuélap está al nivel de cimas míticas, como Machu Picchu: se encuentra a más altitud, tiene una mayor antigüedad y cuenta con las casas típicas de la cultura chachapoyas, con forma circular.
Lo principal es que fue una visita inolvidable. Costó mucho llegar hasta este lugar pero, de verdad, el esfuerzo mereció la pena. Encontrarme en los últimos metros de subida y divisar cada vez más cerca la muralla era un impulso extra de energía que me ayudaba en este desafío.
Aquí os dejo el enlace con la colección de todas las crónicas para La Tribuna de Albacete.
Después de visitar un país tan diverso como el que este año hemos recorrido en América, estoy obligado a declararme un auténtico "perulero", como aquellos Españoles que iban al Perú y regresaban enriquecidos: todos esos momentos, que se volvieron en mi archivo más íntimo, tienen un valor incalculable.
La primera escala de nuestro viaje fue Lima, en la que Alan García, Presidente de Perú, recibió a la expedición en el Palacio de Gobierno. La capital es una ciudad preciosa, destacando su plaza de Armas, punto de obligatoria parada, en la que me hubiera encantado entrar a la Catedral, que estaba cerrada: allí fue donde trabajó mi paisano Tomás de Torrejón y Velasco, Maestro de Capilla, que fue quien escribió la primera ópera en el Nuevo Mundo, titulada "La púrpura de la rosa", con libreto de Pedro Calderón de la Barca. También tengo constancia de que otro paisano mío, el virrey Morcillo, está enterrado en este lugar.
Posteriormente recorrimos el desierto moche, conociendo no sólo la cultura que le da nombre, sino también otras como chimú o sicán. Muy imporante sería nuestra estancia en Huanchaco y el descubrimiento de la embarcación típica de pesca en este lugar, los caballitos de totora: conocimos su fabricación y también pudimos comprobar la sensación del pescador al navegar en ellos, eso sí, con alguna ola traicionera del Pacífico que nos caló con sus aguas frías.
Pasaron los días, con alguna que otra visita de Moctezuma, y llegó el primer gran desafío: ascenderíamos desde Tingo hasta Kuélap, una ciudadela de origen chachapoyas. El camino fue de gran dificultad, puesto que el desnivel a salvar era de más de mil metros en tan solo diez kilómetros de recorrido. Precisamente en los últimos instantes la pendiente se dispararía, sumándole a ello la gran altitud y el cansancio acumulado: era imposible dar más de cinco pasos seguidos sin parar para tomar un respiro. Pero ahí estaba, a tres mil metros de altitud, la ciudadela de Kuélap, esperando a los ruteros. La llegada fue impresionante: allí nos esperaba una banda de música y varias agrupaciones de bailes típicos para darnos la más acogedora bienvenida. Estábamos entre las nubes, divisando una gran cantidad de preciosos paisajes a nuestros pies; no me cansaba de tomar fotografías, porque cada vez que miraba en cualquier dirección descubría una instantánea increíble.
No me gusta entrar en comparaciones, pero Kuélap está al nivel de cimas míticas, como Machu Picchu: se encuentra a más altitud, tiene una mayor antigüedad y cuenta con las casas típicas de la cultura chachapoyas, con forma circular.
Lo principal es que fue una visita inolvidable. Costó mucho llegar hasta este lugar pero, de verdad, el esfuerzo mereció la pena. Encontrarme en los últimos metros de subida y divisar cada vez más cerca la muralla era un impulso extra de energía que me ayudaba en este desafío.
Aquí os dejo el enlace con la colección de todas las crónicas para La Tribuna de Albacete.
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